Donald Trump no es Batman, pero se ha transmutado en azote del crimen para atajar la delincuencia en Washington D.C. a golpe de despliegue militar. De hecho, ha pedido que se reinstaure la pena de muerte para castigar los delitos de homicidio en la capital. Y amenaza con otra intervención militar en Chicago. Antes fue Los Ángeles. Todas son ciudades gobernadas por demócratas, qué cosas. “No soy un dictador. Soy un hombre con gran sentido común”, se ha defendido Trump de las críticas, y ha añadido: “Mucha gente está diciendo bueno, tal vez nos vendría bien un dictador”. Avisados quedamos. Reflexionemos medio segundo sobre el hecho de que una democracia, con su separación de poderes y demás parafernalia, despliegue a su ejército en las calles para adoptar las funciones de la policía. El mismo presidente que tardó horas en movilizar a la Guardia Nacional durante el asalto al Capitolio de 2021 por parte de una turba de sus partidarios –luego indultaría a más de 1.500 procesados por aquellos hechos–. “A mí no me gustan los dictadores”, ha insistido Trump, que acaba de cesar a una gobernadora de la Reserva Federal, entidad con la que mantiene un pulso desde el inicio de la legislatura por su política monetaria. Quizá su estilo recuerde más al vasallaje. Que se lo digan a Von der Leyen y Cía.
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