Llevo un montón de días sin dedicarle este espacio a Donald Trump. Yo me empeño en pasar de él y él, en lo contrario. Después de declarar la guerra a las universidades, el inquilino de la Casa Blanca anda entretenido entre el despligue de la Guardia Nacional en Washington D.C. –en un caso similar al que protagonizó en Los Ángeles, aunque jurídicamente hay diferencias notables, y que ya amenaza con replicar en Chicago; por cierto, las tres ciudades tienen alcaldes demócratas, oh qué sorpresa– y el revisionismo histórico. Ya saben, si parece un pato, nada como un pato y hace cuac... Su nuevo objetivo es el prestigioso Instituto Smithsonian: “El Smithsonian está fuera de control. Todo lo que se discute es lo horrible que es nuestro país, lo terrible que fue la esclavitud y lo poco que han logrado los desfavorecidos, nada sobre el éxito, nada sobre lo positivo, nada sobre el futuro”, ha dicho. La Casa Blanca ha avisado al director del instituto de que procederá a “una revisión interna integral” de ocho de sus galerías. Así que ahora toca reescribir la Historia. Y como escribió Umberto Eco en El péndulo de Foucault, “a ciertas alturas, ya no hay diferencia entre acostumbrarse a fingir que se cree y acostumbrarse a creer”. Sospecho que Trump lo sabe.