Hay trabajos que no se ven del todo hasta que alguien te los cuenta desde dentro, sin prisas y sin distancia. Este es uno de ellos. A través de las voces de varios profesionales de enfermería, este reportaje se acerca a una realidad hecha de gestos pequeños que sostienen lo grande: una mano que acompaña, una palabra que calma y una presencia que no abandona.

Con motivo del Día Internacional de la Enfermería, celebrado el 12 de mayo, DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA se reúne con distintos profesionales de Osakidetza de la OSI de Araba: Luis Ruano, enfermero estomaterapeuta; Blanca Gallejones, enfermera de Hematología y referente del programa de registro de enfermería Osanaia; Ana Rosa Gutiérrez, TCAE (Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería) y responsable del recurso material del Bloque Quirúrgico; y Ana Isabel Pérez, enfermera de Atención Familiar y Comunitaria en el Centro de Salud de La Habana.

La OSI de Araba cuenta con 1.892 enfermeros, entre ellos Luis Ruano, Blanca Gallejones y Ana Isabel Pérez, y 1.000 TCAE, entre las que se encuentra Ana Rosa Gutiérrez, con una edad media cercana a los 45 años y un claro predominio femenino. Pilar Barco

Sus voces recorren el hospital y la atención primaria, desde la gestión hasta el cuidado directo, mostrando la amplitud de una profesión que sostiene el día a día de la sanidad. En la OSI de Araba trabajan 1.892 enfermeras, de las cuales 232 son hombres y 1.660 mujeres, con una edad media de 44,905 años. En el caso de las TCAE, la cifra asciende a 1.000 profesionales, 84 de ellas hombres, con una edad media de 44,939 años.

La enfermería aparece en estas conversaciones lejos de cualquier idea única o idealizada, como un camino que no siempre nace de una vocación clara, pero que termina encontrando sentido en la experiencia directa. Luis reconoce que no empezó “por vocación”, sino entre varias opciones que le atraían por su carácter de ayuda, y también por la necesidad de incorporarse pronto al trabajo, aunque con el tiempo afirma que acertó y que disfruta de su profesión.

La OSI de Araba cuenta con 1.892 enfermeros, entre ellos Luis Ruano, Blanca Gallejones y Ana Isabel Pérez, y 1.000 TCAE, entre las que se encuentra Ana Rosa Gutiérrez, con una edad media cercana a los 45 años y un claro predominio femenino. Pilar Barco

Blanca, en cambio, lo sitúa en un contexto marcado por la realidad económica de su familia, donde estudiar enfermería era una de las pocas opciones posibles en su entorno, y aun así lo vive hoy con una convicción rotunda: “si volviera a nacer, volvería a ser enfermera”. En esa misma línea, Ana Isabel explica cómo el contacto con el hospital le hizo ver el valor del acompañamiento constante de las enfermeras, que “estaban siempre mañana, tarde y noche”, convirtiéndose en una referencia humana y profesional que le empujó a querer ser como ellas. También Ana Rosa describe un recorrido condicionado por las circunstancias familiares y laborales, pasando por la formación como auxiliar y el trabajo en otros sectores, pero manteniendo siempre la misma intuición de fondo: la curiosidad por cuidar y facilitar la vida a los demás, una motivación que, con los años, se convierte en una experiencia “profundamente gratificante”.

En su día a día, la enfermería que describen estos profesionales se aleja por completo de una imagen reducida a lo técnico y se convierte en una actividad constante de observación, decisión, acompañamiento y gestión. “Nuestra herramienta de trabajo es la comunicación”, resume Ana Isabel, mientras Luis subraya que el trabajo real consiste en “valorar, detectar problemas e intentar soluciones todo el tiempo”. Esa mirada global atraviesa cada gesto: desde entrar en una habitación y captar lo que ocurre alrededor —“cuando entro en la habitación reviso todo: el suelo, la bolsa de orina, ver cómo está el familiar, si hay niños corriendo…”— hasta la capacidad de anticiparse a necesidades que no siempre se verbalizan.

La OSI de Araba cuenta con 1.892 enfermeros, entre ellos Luis Ruano, Blanca Gallejones y Ana Isabel Pérez, y 1.000 TCAE, entre las que se encuentra Ana Rosa Gutiérrez, con una edad media cercana a los 45 años y un claro predominio femenino. Pilar Barco

Pero junto a esa vigilancia clínica aparece también una dimensión menos visible, la del cuidado cotidiano y humano, donde “muchas veces no necesitan que les digas nada, simplemente que les escuches”, o donde un gesto tan simple como “coger la mano” o “poner una mantita” se convierte en parte esencial del trabajo. A ello se suma una labor organizativa y de gestión que suele pasar desapercibida: coordinación de recursos, materiales, decisiones y circuitos asistenciales que sostienen el funcionamiento del sistema, mostrando que su trabajo no solo ocurre al lado de la cama del paciente, sino también en todo lo que hace posible ese cuidado. No obstante, cabe destacar que lo que hace que la profesión cobre un valor especial en sus palabras no es solo lo que hacen, sino lo que sienten que significa hacerlo.

EMOCIONES

“Me siento absolutamente privilegiada de poder ser enfermera”, afirman, resumiendo una sensación compartida de pertenencia y sentido. También aparece la huella que dejan los pacientes y sus familias, como cuando recuerdan que “muchas veces cuando un paciente muere ves que a la semana vienen los familiares para agradecerte el trabajo… es una cosa que te mueve, que te mueve muchísimo” recuerda Blanca, o ese momento en el que una persona les reconoce por la calle y les dice: “muchas gracias por atender a mi marido (tras su fallecimiento)”, algo que, según relatan, “se te queda grabado”, rememora Luis.

En esa misma línea, Ana Isabel lo sintetiza en una idea sencilla pero potente: “los pequeños detalles son los más importantes”, refiriéndose a gestos cotidianos como preguntar, acompañar o cuidar el entorno del paciente, porque “los grandes los hace cualquiera, los pequeños te salen de dentro”.

La OSI de Araba cuenta con 1.892 enfermeros, entre ellos Luis Ruano, Blanca Gallejones y Ana Isabel Pérez, y 1.000 TCAE, entre las que se encuentra Ana Rosa Gutiérrez, con una edad media cercana a los 45 años y un claro predominio femenino. Pilar Barco

La pandemia aparece en el relato como un punto de quiebra marcando un antes y un después en la profesión. En los primeros días, la falta de medios obligó a improvisar situaciones que hoy resultan difíciles de imaginar.

“Nosotros íbamos con las batas de papel, que se rompían, con las calzas… yo me acuerdo de ponerme… nos poníamos bolsas de basura de las de comunidad, de las grandes, nos hacíamos el agujero para la cabeza, otros dos para los brazos y con eso íbamos a ver a los pacientes”, recuerdan. Aquello, explican, se alargó semanas. A todo ello se sumaba un miedo constante, no tanto por uno mismo como por los demás: “el miedo a contagiar a tu familia”. En su trabajo diario, la actividad de enfermería y TCAE combina la atención directa al paciente con una importante labor de seguimiento, educación y gestión. Parte de su jornada se desarrolla en el hospital, donde realizan cuidados básicos y avanzados, administración de tratamientos, control de constantes, curas y acompañamiento en procesos complejos. También están presentes en momentos críticos, como ingresos o final de vida, donde ofrecen apoyo tanto al paciente como a la familia. En el ámbito de la atención domiciliaria, el trabajo se centra en la continuidad de cuidados fuera del hospital. Esto incluye visitas a personas con movilidad reducida, pacientes crónicos o situaciones de vulnerabilidad social, realizando valoraciones del entorno, seguimiento clínico y educación sanitaria. Además, coordinan recursos con otros servicios comunitarios cuando es necesario, como apoyo social o programas de acompañamiento, con el objetivo de mejorar la autonomía del paciente y evitar ingresos hospitalarios.