Tras décadas de silencio, Carmen Guillén arroja luz a uno de los capítulos más oscuros del siglo XX español con su libro Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer 1945-1985 (editorial Crítica Barcelona), sobre esta pieza clave en la arquitectura moral y política del franquismo.

El sábado 16, a las 18.00 horas, su autora, doctora en Historia Contemporánea, profesora en el área de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de Albacete (UCLM) y colaboradora habitual en programas como El condesador de fluzo o La aventura del saber, lo presentará en Vitoria. Será en la Casa de Cultura de Ignacio Aldecoa, donde mantendrá un diálogo conla también historiadora y divulgadora, Isabel Mellén.

Sobre este patronato ya hizo antes la primera tesis doctoral al respecto, ¿cuál era el objetivo al escribir este libro?

–Era una deuda conmigo misma y con esa tesis porque desde que empecé a escribirla en 2014 a ahora ha habido cambios. Principalmente, debido a la incorporación de los relatos de las supervivientes a esta historia. Y también por cuestiones que tenían que ver con incidencia política: qué cosas se habían pedido al Estado, qué se había conseguido y qué quedaba pendiente y luego también para darle una dimensión más internacional, para ver qué es lo que pasó aquí con el patronato y con los distintos nombres y formas en otros países. El libro nace de un enfoque mucho más plural y en mi opinión, más completo porque una tesis doctoral no llega a la población general. Creo que es una historia que tenía que trascender lo académico y hacerse con un lenguaje más accesible y atractivo.

Este patronato fue una de las instituciones represivas del franquismo más longevas, y, sin embargo, la menos conocida. 

–Sí, esto tiene que ver con varias cuestiones. La primera es que hay un vacío documental muy grande en torno a la institución. La Junta Central, corazón del patronato, llegó a conservar 1.183 cajas de documentación. Pero el archivo que las custodiaba sufrió una inundación en los años 90 y se perdió la mayor parte. De hecho, hoy solamente quedan 31. Ese vacío documental impedía que, desde el ámbito histórico, nos pudiésemos acercar a ese organismo. Yo lo que hice fue hacer historia desde los márgenes. Ir a archivos provinciales, tirar de hemeroteca y ahora incorporar a las supervivientes. Pero sabemos que, siempre que nos acercamos a esta institución, va a haber una especie de agujero negro enorme.

En segundo lugar, creo que ese desconocimiento ha tenido mucho que ver con el silencio de las propias supervivientes, que solo en los últimos dos o tres años ha empezado a romperse. Cuando yo empecé a trabajar en 2014, solamente había una mujer que quería contar su experiencia. Muchas de ellas estaban condicionadas por el estigma, por la culpa, por el miedo a volver a ser victimizadas y que al contar su historia, le dijeran que, si te metieron ahí, por algo malo sería. Ahora se está rompiendo esa barrera, porque se está generando un espacio de confianza entre ellas para contarlo.

El último paso, que es donde estamos ahora, es asumir que hubo una violencia represiva específica para la mujer, por el hecho de serlo, que condicionaba su cuerpo y su conducta y que tuvo como principal órgano represor esta institución. No se había hablado hasta hace relativamente poco de la institución, porque era un tipo de violencia represiva que no habíamos tenido en cuenta como sociedad. El sujeto represaliado era, en principio, masculino, pero también hubo encarceladas, exiliadas y fusiladas.  

TIPOS DE CENTROS

¿Y cuáles eran los motivos por los que acababan en estos centros? ¿Quiénes las delataban? 

–Los motivos son muy variados y a veces casi absurdos. Entre ellos, tenemos “que suspira demasiado por los hombres” o que “conoció a un músico de la comparsa de Marisol y se echó a perder...”.

La mayoría se resume con una palabra que es inmoralidad y que es un concepto muy amplio y muy ambiguo y que depende en buena medida más de los ojos que lo miran que de quien lo realiza. Y son motivos de internamiento que solamente se ponen el foco de atención en la mujer.

Muchas eran denunciadas por hacer vida marital sin estar casadas. Y las encierran a ellas, pero a ellos no. En cuanto a quiénes las internaban, había varias vías, la más oficial, era cualquier persona que trabajase en la institución como el gobernador civil, el gobernador militar, miembros de sección femenina, las religiosas… Pero lo cierto es que lo más habitual es que fuesen internadas por sus propias familias. Si se quedaban embarazadas fuera del matrimonio, si salían más de la cuenta, si fumaban y bebían, si llevaban la falda muy corta… Sobre todo en los pueblos había una especie de sistema de delación, por: “Mira fulanita lo que está haciendo…”.

Entonces, la familia estaba tan avergonzada y no querían que hablasen de su hija, que las internaban en esta institución la mayoría de las veces sin saber exactamente dónde las estaban llevando y lo que sucedía dentro del organismo. Ellos pensaban que hacían algo positivo. 

Las “menos desviadas” podían ser enviadas a centros preventivos, mientras que otras iban a los de rehabilitación, que eran mucho más severos.

–Sí, esta distinción se hacía porque cuando las detenían o las denunciaban, las llevaban a un primer establecimiento que se llamaba Centro de Observación y Clasificación, lo que comúnmente se conocía como el COC. Y ahí le hacían tres pruebas. Una ginecológica, para ver si eran completas o incompletas, es decir, si eran vírgenes o no.

Luego hacían una prueba de moralidad, que se llamaba el reloj moral. Era como un círculo dividido en quesitos y cada uno de ellos iba asociado a una pregunta. En función de la respuesta de la joven, si era más moral se coloreaba en azul y más inmoral en tonos naranjas o rojos. Y en tercer lugar, un test de capacidad intelectual que casi siempre se resolvía con resultados que tenían que ver con categorías psiquiátricas de entonces como “imbécil, oligofrénica, subnormal...”.

Y esto lo que hacía, de alguna forma, era justificar el internamiento. Hay una anomalía de tipo moral que se equipara con una anomalía de tipo mental. “Tú no estás bien y como no estás bien, te tengo que internar”.

En función de estas tres pruebas se llevaban a centros que eran más o menos duros. Sobre todo, si era una joven incompleta, si manifestaba muchísima rebeldía, iba a parar a estos reformatorios que eran cárceles en estado puro, con rejas en las ventanas.

Las menos problemáticas iban a centros que eran más laxos, que también se utilizaban como paso intermedio entre el reformatorio puro y la calle. Pero nunca salían directamente, sino que había como pasos intermedios para asegurarse de que habían integrado bien el discurso moral del régimen. 

Y al final, bajo este disfraz de caridad, lo que se ocultó de este patronato es una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robos de bebés y violaciones de derechos humanos. ¿Qué “métodos de rehabilitación” usaban con ellas?

–Creo que se podría resumir en tres palabras: Silencio, oración y trabajo forzado. El silencio, como una forma también de violencia contra ellas. Tenemos que pensar que esta institución tenía también a menores de edad. Las internaban en un reformatorio y las sometían a una ley de silencio, que también es una forma de violencia porque son niñas que están en un momento vital de desarrollo educativo, pero también personal.

Luego, la oración. La religión era el único camino redentor. Entonces, buena parte del tiempo lo pasaban rezando, yendo a misa con rosario, con lo que se llamaban ejercicios espirituales.

Pero lo cierto es que la mayor parte del tiempo lo pasaban con el tercer pilar, que era el trabajo forzado. En vez de educarlas en unos años, fundamentales de su formación educativa, pasaban entre 8 y 10 horas al día trabajando en labores que se entendían como femeninas: zurcido, bordado, costura y cualquier tipo de pequeña manufactura para las religiosas.

No sabemos si esas empresas tenían constancia de quién llevaba a cabo esos trabajos, pero la realidad es que el beneficio económico nunca iba a parar a las jóvenes, porque siempre era para las congregaciones religiosas. Por eso hablamos de trabajo forzado. Y toda esa cotidianidad estaba atravesada por vejaciones. Estas mujeres si se rebelaban, porque les hacían fregar el suelo de rodillas, las llevaban a salas de aislamiento y, a veces, hasta hacer cruces con la lengua en el suelo.  

Guillén Cedidas por Crítica

MORALIDAD

Una de las funciones principales de este patronato era elaborar informes sobre la moralidad pública y por provincias.

–Sí. Este patronato tuvo un doble objetivo. Literalmente, ellos decían redimir a la mujer caída y cuidar a la que está en peligro de caer y, por otro lado, ser una especie de termómetro de la moralidad pública. Entonces cada “X” tiempo, no era cada año, a veces cada dos o cada quinquenio, publicaban unas memorias internas que elaboraban desde la Junta Nacional.

Para ello, enviaban una serie de cuestionarios a cada una de las juntas provinciales para analizar ese estado de la moralidad pública. Se preguntaba sobre número de prostitutas legales y clandestinas, número de embarazos legítimos e ilegítimos, trabajos vinculados a la mujer, homosexualidad, y se hacía un balance de en qué estado estaba la moralidad pública en España. El primero del que tenemos constancia es en el año 1942, que dibuja un panorama muy negativo, fruto siempre según las autoridades del “desmadre rojo” vinculado a la Segunda República. Y en los años siguientes, siempre según las autoridades, se mejora el estado de la moralidad pública. 

Desde la manera de vestir hasta el modo de caminar o cruzar las piernas, el cuerpo de las mujeres fue uno de los espacios más castigados.

–Sí, al final, todo este sistema tiene el objetivo de controlar el cuerpo y la conducta de las mujeres. Esto tiene un sentido y es que el cuerpo de la mujer es un instrumento para crear nuevos individuos a la patria en un momento donde era muy importante la repoblación del país. Recordemos que Franco tiene esa obsesión de llegar a 40 millones de habitantes, porque ha habido un número de bajas muy significativas durante la contienda civil.

Entonces, el cuerpo femenino, digamos que tiene utilidad y la conducta femenina es también importante porque es la que educa nuevos adeptos al sistema. Es importante que las mujeres estén convencidas de su función social, que va a ser crear pero también educar. O sea, que va a ser un objeto represivo, pero al mismo tiempo es que ella va a ser también la que transmita esa represión que, paradójicamente, no la está dejando avanzar ni en lo social ni en lo político pero ella, al estar vinculada al hogar, a la familia, al cuidado de los hijos, es la que va a transmitir esos valores. Cuando una mujer deja de pensar de esa manera, empieza a cuestionarse ese papel asignado.

Por eso resultaba también tan importante el control total del pensamiento femenino.

–Claro, al final por eso no existió un patrón de protección al hombre porque no había esa obsesión con inculcarle una manera de estar en el mundo que ya era privilegiada. Lo importante era convencer a la mujer de que su papel era de la sociedad. Cuando había tensión con ese pensamiento lo importante era que no se lo transmitiera a otras mujeres. 

HUELLAS

El libro también examina la huella que dejó en quienes lo padecieron. ¿Qué tipo de marcas las dejaron? 

–Yo te diría que tiene marcas a nivel individual y a nivel colectivo. A nivel individual, todas arrastran una especie de traumas a veces mayores porque en su vida las internasen o cuánto tiempo pasas dentro, pero muchas me cuentan que tienen estrés postraumático, que tienen diagnóstico de ansiedad y que arrastran secuelas psicológicas, pero también familiares.

Muchas de ellas tuvieron problemas con sus familias porque fueron quienes las internaron y algunas se reconciliaron y otras no. Hay una especie de trauma colectivo del que están consiguiendo hacer una especie de catarsis conjunta por el hecho de poder contarlo. Muchas no quisieron hablar ni contárselo a sus maridos o a sus hijas porque era una cosa vergonzosa que querían borrar, pero ahora están resignificando esa historia. Se han autodenominado supervivientes, que también es una palabra muy simbólica, porque consiguieron sobrevivir a eso y están consiguiendo contarlo. 

¿Y qué tipo de huella ha dejado a Carmen Guillén esta labor de documentación para saber qué hacía exactamente este Patronato de Protección a la Mujer? 

–Es ya una huella para siempre. Es un tema que me acompaña los últimos 12 años de mi vida y que a pesar de que yo ahora voy a otro tipo de cuestiones e investigaciones, creo que nunca va a desaparecer y voy a estar investigando y trabajando y divulgando sobre este tema para siempre. Las supervivientes son amigas, son familia, forman parte de mi día a día.

Para mí es un tema que ya no forma parte de lo profesional, sino de lo personal, y ya hay un esfuerzo muy significativo en la vida de estas mujeres para que se las reconozca como víctimas de la represión franquista; que haya una respuesta institucional a sus demandas; que haya una comisión de investigación oficial para que se abran los archivos privados que tienen las religiosas y a los que no tenemos acceso; que haya reparación económica para ellas, porque les arrancaron unos años fundamentales de su vida.

Y a estas mujeres debemos, como sociedad, una historia que me ha acompañado durante muchos años y que lo va a hacer siempre.