Ha existido un tiempo, prolongado, en el que liderar la Premier League se transformó en una carga para el Arsenal. Muchos años, porque hasta 22 han transcurrido desde aquellos Invencibles de Arsène Wenger que triunfaron inmaculados en la 2003-04 hasta el día de hoy, en los que figurar entre los mejores no era sinónimo de éxito. El club londinense ha convivido con una estadística muy cruel, demasiados días en lo más alto de la clasificación sin poder consumar el título de liga.

El título que hoy celebra el Arsenal, gracias a la derrota del Manchester City en casa del Bournemouth de Andoni Iraola, es la validación de una idea, el éxito de un modelo basado en la confianza, algo que se antoja extraordinario en el fútbol actual, donde las urgencias ponen y quitan entrenadores con una frecuencia insólita; en la Premier, siete equipos han destituido a técnicos esta temporada y en total han sido once los despidos en los banquillos sin tener en cuenta a los interinos. El club londinense ha confirmado que la paciencia, en este fútbol moderno dominado por la inmediatez, aún puede gozar de recompensas. El ejemplo de esta convicción que viene de lejos, porque cabe recordar que Wenger es el técnico más longevo de la historia de la Premier con 21 años y 8 meses al frente del banquillo del Arsenal, es ahora Mikel Arteta.

Y es que cuando Arteta llegó al banquillo gunner en 2019 era un técnico primerizo, inexperto, avalado por su condición de excapitán y posteriormente ayudante de Pep Guardiola en el laureado City. Una apuesta romántica por un entrenador al que sin embargo se le requería para reconstruir el proyecto deportivo de un club acusado de segundón que había perdido la identidad competitiva. En lugar de apostar por un nombre consagrado, el Arsenal encomendó la difícil tarea a un joven que entonces contaba con 37 años al que se le ha concedido crédito con perspectiva de largo plazo.

Una perra y un olivo

Arteta recaló en el conjunto londinense sin discursos grandilocuentes y cuestionado precisamente por su condición de novato. Se dedicó a atender a todos los empleados del club. Con el análisis y el diagnóstico, redefinió el trabajo cotidiano. Introdujo elementos con fuertes componentes psicológicos. Plantó un olivo en el campo de entrenamiento y fichó a una perra, un labrador que vive en la ciudad deportiva. “Su nombre es Win, porque a todos nos encanta ganar y Win necesita mucho amor”, expresó el guipuzcoano. Arteta pretendía simbolizar que los frutos de un equipo solo se recogen cuando se cuidan sus raíces y valores fundamentales, buscaba incentivar el compromiso, el espíritu de grupo y el bienestar mental de los futbolistas. Dio trascendencia a la gestión emocional. Para muchos, era puro teatro. Pero el tiempo ha revelado la fortaleza de un vestuario que ha aprendido competir ante las adversidades.

El técnico donostiarra tomó decisiones impopulares para hacer prevalecer la disciplina y encontrar nuevos liderazgos. Quería modificar la cultura del club. Veteranos como Özil, Aubameyang, Papastathopoulos, Mustafi o Mkhitaryan dejaron el club. Se le dio poder para reconstruir la plantilla a su voluntad. El proyecto quedaba a la espera de resultados. “No establezco mi autoridad siendo dictatorial o tratando de ser despiadado. Pido respeto y compromiso. Si no pides eso a este nivel, hago las maletas y me voy, porque es lo mínimo que puedes pedir”, proclamó.

Tres subcampeonatos para afianzar al club en la lucha por el título

Después de la llegada de Arteta en invierno de 2019, como relevo del despedido Unai Emery, el Arsenal finalizó en quinta posición. Los dos siguientes cursos acabó en el octavo peldaño, muy cuestionado. Pero con margen, los resultados fueron mejorando. En la 2021-22 ascendió al quinto puesto. Y en las últimas tres campañas logró el subcampeonato. En la 2022-23 permaneció en el liderato durante 248 días, el periodo más largo de la historia para un equipo que no ganó el título. No obstante, el Arsenal ya estaba afianzado en cotas superiores, al borde de volver a alzarse campeón. Era un crecimiento sostenido, sólido, acompañado por el de jugadores que se fueron consolidando entre los mejores del planeta. Saliba, Magalhães, Odegaard, Martinelli, Saka… maduraron al calor de Arteta.

Si algo define al actual campeón es la solidez defensiva, propiciada por una línea que apenas ha sufrido alteraciones en los últimos años hasta convertirse en la columna vertebral del equipo. La derrota frente al Liverpool, vigente campeón entonces, en agosto sembró dudas. Sin embargo, la robustez de la zaga permitió igualar un récord que llevaba 122 años vigente: ocho partidos sin encajar un gol. El Arsenal se afianzó en el liderato.

El trabajo de Nicolas Jover destacaba como otra de las grandes fortalezas de este Arsenal: las acciones a balón parado pasaron a ser el arma decisiva. Más de un tercio de los goles han llegado desde acciones de estrategia. No ha sido un Arsenal exuberante a nivel goleador, por lo cual ha sido criticado, acusado de rácano en la búsqueda del gol, pero sí ha logrado una fiabilidad y eficacia envidiables. Un equipo que sabe manejar los tiempos y las rentas.

Críticas al estilo de juego

No obstante, el estilo de juego fue catalogado de feo y aburrido, de defensivo y abusivamente pragmático. En Inglaterra se apodó como Terrorball. También se criticaron las pausas del Arsenal durante sus partidos. A mediados de marzo, solo cinco equipos tardaban más que el plantel de Arteta en reanudar el juego después de una interrupción, que eran Leeds, Newcastle, Crystal Palace, Brentford y Sunderland, ninguno de ellos ubicados entre los mejores de la Premier. Es definitiva, se habló de un fútbol que solo enamora a los seguidores gunners.

El pasado verano el Arsenal acometió una inversión generosa de 250 millones de euros en ocho efectivos, pero precisa. Zubimendi (70), Eze (69), Gyökeres (67) y Madueke (56), entre otros, reforzaron las líneas de un vestuario liderado por piezas formadas en casa como Saka o fichajes estratégicos como Declan Rice, que se convirtió en 2023 en el traspaso más caro de la historia del club con 122 millones, para aportar profundidad y diversidad de opciones en la plantilla. La competencia se multiplicó.

Mikel Arteta y Andoni Iraola se saludan en un partido entre el Arsenal y el Bournemouth. Europa Press

Reacción desde el control emocional

Las derrotas frente al Manchester City en la final de la Copa de la Liga y la Premier, y la eliminación en cuartos de final de la FA Cup ante el Southampton hicieron saltar las alarmas. De pronto, tras 197 días en el liderato de la Premier League, el Arsenal era desplazado por el City al segundo lugar de la clasificación. Surgieron los fantasmas del pasado. El equipo de Guardiola pasaba a depender de sí mismo. “Hay cero miedo”, sentenció Arteta, que había imbuido al vestuario un espíritu ganador. El Arsenal reaccionó desde el control emocional, ganando sin lucidez pero con madurez. El equipo había aprendido a sufrir con Arteta erigido en el auténtico líder del Arsenal, que ahora celebra la confianza inquebrantable en su entrenador.

La consecución del título de la Premier League llegó con un fuerte componente de emotividad. Iraola frenó al City de Guardiola y, a falta de una jornada para la conclusión del campeonato, dio la liga a Arteta, ambos formados como compañeros en el Antiguoko. El aprendiz había superado al maestro. Se trata de una victoria institucional, porque la apuesta por un proyecto basado en la confianza ha resultado ser un modelo de éxito que el próximo 30 de mayo todavía podrá reportar la mayor de las glorias, cuando el Arsenal y el Paris Saint-Germain se enfrenten en la final de la Champions League.