Poesía de los objetos

(XI) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

27.03.2020 | 23:03
El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso, locución de Julia Larrimbe
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Durante la mañana del décimo primero de cuarentena, cerceaba el viento del norte en la pequeña ciudad, empeñado en repartir por sus calles y por sus treinta y un barrios una gelidez que lamía las cabezas. Aunque hubiera sol. Un sol que iluminaba, pero que daba frío también. Nueve. Diez grados. El tiempo lento de las casas era por fin una cuarta dimensión, como profetizó Einstein. ¿Hacia qué nuevo lugar en el universo llevaría ese tiempo a las gentes de la pequeña ciudad? Nadie lo sabía por ahora.

Se escuchaban voces de niños en vídeos lanzados a las redes. Eran grabaciones musicales hechas en estudios domésticos. Cantaban acompañados de sus madres melodías de otro tiempo en el que otro silencio de virus se adueñó de las gargantas.

Baina guztiok batera, saiatu hura kanpora. Y no solamente en la pequeña ciudad, en otras grandes ciudades del Estado también había niñas con sus padres a la guitarra que mecían en sus labios la misma canción en otra lengua. Si tu l'estires fort per aquí, I jo l'estiro fort per allà.

Y Lluis Llach componía otra nueva canción al piano.

Las calefacciones y las cisternas, y las tuberías y los codos llevaban en sus vientres incursiones de pokemons que esparcían por las calles de manera caprichosa. Un chaval de trece años le dijo a su aita, en El Pilar, cuando este le vió en la ventana con el móvil alejado lo más que podían sus brazos pequeños hacia el vacío.

Es que se tiene que juntar un montón de gente para acabar con el pokemon que hemos descubierto, porque es muy poderoso. Un hombre de setenta años, en una de las ventanas de otro edificio, aportaba su fuerza con entusiasmo para acabar con aquella malévola incursión. Como él, otros tantos y tantas. Móvil en mano lo intentaban todos juntos desde diferentes ventanas que guardaban dentro los secretos del silencio del virus.

Las pastillas de jabón barqueaban en los lavabos e Ignacio Aldecoa, en su cuerpo de bronce del parque de la Florida, lloraba. Todos somos Young Sánchez. Pensó Aldecoa. Si antes de la cuarentena se decía a dos metros epa y poco más, ahora, entre los conocidos de salidas controladas: pan, perro, periódico, basura, paseo semiclandestino al supermercado que estaba más lejos del diario, se reconocían mejor y en las ocasiones del fugaz encuentro hablaban un poco más. A dos metros, por supuesto.

Gasteizaba la pequeña ciudad. Un verbo, gasteizar, que parecía no significar aunque significara a toda la pequeña ciudad. En otros lugares madrilaba, bilboaba, donostiaba, barcelonaba o iruñaba. Cuando ocurría eso, cuando el nombre de las pequeñas o grandes ciudades se hacía verbo, los objetos cobraban vida. Y hablaban entre ellos.

En los armarios eso no solo ocurrió el decimo primero, sino antes. Sucedió la mañana del octavo en la casa de Gloria, y en la de Unai, y en la de Amadeo y Charo, dos vecinos de Gloria y Unai, de los que se hablaba sin hablar en la carta que Gloria dejó a primera hora de la mañana cerca de su puerta, en el descansillo de la escalera y que leyó desconcertado Unai. Porque Gloria estaba también confinada y no podía salir. No tenía móvil. No tenía Netflix. No tenía Filmin. No tenia HBO. Su hija Miren, la que llorando le cantó unos días antes el zorionak zuri unida a las voces que le acompañaron desde los balcones del edificio dentro del que escuchaba Gloria, le enviaba comida y aliento mediante una conocida de ambas.

Aquella carta estaba dirigida a Unai. Aquella en la que la palabra cerveza se repetía tres veces en el primer párrafo.

Los abrigos del armario de Gloria. Los estantes del closet de Gloria. Las ropas de los cajones del cuarto de Gloria. Hablaban en un registro que solo podían escuchar ellas. Y se decían cosas con asombro de objeto. Había dos bandos. De una parte las que pertenecían al grupo de las vestimentas de calle. De otra las que se incluían en el grupo de la ropa de casa. Las primeras estaban dolidas, porque sus dueñas ya no las paseaban por las calles de la pequeña ciudad. Las segundas, las de casa, henchidas, oxigenadas y sonrientes, disfrutaban de su nuevo y habitual uso en los cuerpos de sus dueñas.

Pero ambos bandos compartieron un misterio. Y con ese misterio real no había disputas. Aquel secreto del que llena estaba la carta que Gloria escribió a Unai. Porque ambos bandos de vestimentas, como Gloria, habían escuchado los gritos en uno de los pisos. Los gritos de Amadeo contra Charo. Los golpes de Amadeo contra Charo. Los gritos de Amadeo. Los llantos de Charo. Pasaba cada seis meses. Había pensado Gloria. Pero ahora pasa cada día casi. Pensó Gloria. Y por eso escribió la carta para Unai. Y le puso lo que hizo durante mucho tiempo. Porque una vez de hacía meses habló con Charo. Cuando se le acaba la cerveza parece otro. Le dijo Charo. Entonces Gloria amplió la lista de la compra, en los tiempos en los que podía salir. Incluyó la palabra cerveza en plural allí. Por eso ahora, que no podía salir, le decía a Unai en la carta todo esto. Le pedía por favor que comprara cerveza para que Charo pudiera seguir viva.

Ernesto Cardenal dejó de morirse para acompañar con su voz a Charo, a la poesía interior de los objetos, a los gritos de los objetos, y al mensaje que dejó escrito Gloria para Unai. De nuevo la terrible oración por Marilyn Monroe. Continuará...