Hace unos días, durante una rueda de prensa organizada en las dependencias del club, el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, ofreció una imagen lamentable de sí mismo. Decidido a manifestar ante los micrófonos lo que pensaba en relación con la mala situación del equipo, que ha terminado otra temporada sin títulos, y con su posible renuncia al cargo de máximo responsable de la entidad, aprovechó la ocasión, las preguntas de los periodistas, para arremeter contra ellos, contra gran parte de la prensa, contra los otros candidatos a las elecciones y contra el mundo en general. Enrabietado como un niño que no logra salirse con la suya, mostró su cara más agresiva, machista, chulesca e intolerante, humillando a las mujeres presentes en la sala, burlándose de quienes desean ofrecer una alternativa a su presidencia y afirmando, igual que un dictadorzuelo cualquiera, que cuenta con el apoyo de todos los socios y que es el mejor dirigente que ha tenido el Real Madrid en toda su historia.

No se trataba de un hecho aislado. Uno de los motivos por los cuales el señor Pérez había convocado esa comparecencia pública era, además de los malos resultados deportivos del conjunto que todavía entrena Álvaro Arbeloa, el incidente ocurrido unos días antes de esa rueda de prensa, la pelea a puñetazos de dos jugadores en el vestuario del estadio. Y es que una cosa es que no se consiga ganar en el campo los trofeos esperados, algo que puede entenderse en el contexto de cualquier competición, y otra muy distinta que, encima, la relación entre los futbolistas de la plantilla sea tan mala que varios de ellos acaben liándose a golpes como pandilleros de barrio.

Pero el asunto futbolístico tampoco se detiene ahí, trasciende los acontecimientos más recientes. A lo largo de los últimos años se han sucedido en los medios de comunicación las noticias sobre casos de violaciones, abusos sexuales y otras formas de acoso cometidas por futbolistas de diferentes categorías, directivos de equipos o gestores de asociaciones o federaciones vinculadas a este deporte, casos como el de Dani Alves o el de Luis Rubiales que unas veces han terminado en los tribunales dando lugar a sentencias muy diversas según la importancia del encausado, y otras han pasado desapercibidos o han sido silenciados gracias al poder de los clubs, del lobby futbolístico o al perdón previo, universal y permanente del que goza este ámbito entre nosotros.

Claro, a todo ello se suma el tema de la corrupción general de índole económica en la que vive el fútbol a escala internacional, ese sumidero en el que chapoteaban o chapotean desde hace décadas miembros de la FIFA como Joseph Blatter o Michel Platini, exjugadores y exentrenadores como Uli Hoeness o Franz Beckenbauer, ese mundillo de seres primarios que ya fueron privilegiados cuando eran jóvenes y que pretenden seguir siéndolo después, de otra manera y a través de otros medios, una vez que la edad ya no les permite correr por la cancha, driblar al contrario y chutar el balón.

Sí, en eso se ha convertido, en eso ha devenido el fútbol con el paso del tiempo, en un reservorio de hombres primitivos. Estos días en que vuelve a hablarse de virus, de contagios, de cuarentenas y de confinamientos, resulta oportuna la comparación, la referencia a esos espacios con el aire viciado, necesitados de una potente ventilación; es conveniente recordar que se ha producido una degradación, una degeneración de algo que, siendo en su esencia un deporte bello practicado desde la infancia en casi todo el mundo, ha dejado de ser un modelo de conducta para niños y adolescentes, ha dejado de representar valores positivos para transformarse en una especie de club cerrado donde machos anacrónicos, a pesar de su limitado nivel intelectual, de su oratoria de parvulito y de sus modales de patán, alardean de sus cochazos por las calles de las ciudades, se mueven a sus anchas creyéndose por encima de la ley y superiores al resto de la sociedad.

Ah, pero hay un atisbo de esperanza. El hecho de que las ligas y competiciones femeninas de fútbol estén adquiriendo cada vez más importancia, vean incrementado el número de seguidoras en los estadios y espectadoras en la televisión, supone una buena noticia. Ya plenamente integradas en la práctica y en la promoción pública y privada de ese deporte, las mujeres están demostrando que es posible hacer las cosas de otra manera. Son un ejemplo de en qué medida se puede jugar y competir sin convertir cada partido en una tangana, de cómo se puede apoyar al equipo sin montar una batalla en las gradas, o de cómo se puede hacer del fútbol una profesión, un medio de vida, sin necesidad de emponzoñar el asunto, sin permitir que acabe siendo un negocio sucio en manos de individuos de baja estofa.