Anda soliviantada y exaltadamente alegre la derecha cual buitre carroñero, que huele la sangre y en ella se regodea, cada vez que se produce una catástrofe colectiva, como es el caso reciente del accidente ferroviario en Adamuz. Olfatean la tragedia como perros adiestrados para la caza del jabalí, la manipulan e hincan el diente en la cicatriz del dolor para alimentar el odio y aventar ácidamente sus mezquinos intereses.
Esta derecha cavernícola, vociferante, avinagrada, tabernaria, fanática, irrespetuosa, intolerante, reaccionaria, grosera, mal educada, rancia, hidalga “de gotera e bragueta” y “de horca y cuchillo”, de ala triste y esgrima fácil, gesticulante, broncófila, excluyente, colérica, impenitente, de verbo malsonante, trabucaire, insolente, contubérnica, islamófoba, intolerante, nacionalcatólica, de zumbido moscadón y mosca cojonera, de sueños imperiales fallidos y expulsiones masivas, de fácil entrepierna, “de banderas al viento y montañas nevadas”, de picas en Flandes, de “Prietas las filas, recias marciales”, abiertas palmas en alto y “Cara al sol sin camisa nueva y con bordados en rojo” alardea continuamente de sus “virtudes” congénitas en cualquier ocasión oportuna e inoportuna, principalmente en infortunios de los que pueda sacar tajada. En la Guerra Incivil del 36, asesinaron a mansalva en nombre de Cristo, portando crucifijo y detente bala en el pecho, incluso en territorios donde no hubo guerra como Nafarroa y Galiza. En la España machadiana, “que hiela el corazón”, ha ostentado tradicionalmente el poder y se niega a perderlo. Siempre se ha autoproclamado como su exclusiva detentendora, centinela de occidente, vigía y salvaguarda de las esencias hispanas, aduladora de las glándulas sebáceas inferiores, admiradora confesa de las glorias del periclitado imperio español y hooligan sublimadora de sus valores.
El líder universal del fascismo
Los Atilas, como las malas plantas, proliferan en todos los tiempos y lugares. Sin embargo, donde florecen la educación y con ella la cultura y el conocimiento y reconocimiento de la historia, pierden cancha.
“El fascismo se contagia más rápido que cualquier otro mal”, según dice David Uclés en su novela “la Península de las casas vacías”, y contamina tanto que hasta los pobres quieren ser fascistas. Hay algo peor que vivir explotado y es votar por el explotador. Ciertamente el ascenso de neofascismos excluyentes, de liderazgos infamantes, de izquierdismos desorientados y divididos, de imperialismos agresivos, de colonialismos expoliadores, de neoliberalismos salvajes y depredadores, de seudodemocracias autocráticas y filoteocráticas, de nacionalismos subestatales ninguneados, de diferencias sociales crecientemente alarmantes y de democracias debilitadas alimentan un caldo de cultivo semejante de algún modo a la situación previa a la II Guerra Mundial.
Hoy, el fascismo posee, además, un gran líder universal, un caw boy con colt 43, de gatillo fácil y amenaza constante. El trumpismo, en cuya cabeza sólo aprenden los peluqueros y ha convertido el mundo en su far west particular. Es el nuevo covid infeccioso que se difunde por doquier, de tal manera que la combinación de intimidación legal y extralegal, la subversión de la legitimidad, la exclusión institucional, la inseguridad jurídica, el incremento del militarismo y el culto a la personalidad configuran un ecosistema donde la información crítica es tratada como sedición y la oposición como terrorismo. Decía Helder Cámara, arzobispo de Recife en los 70 del siglo pasado: “Si todos los oprimidos tuviesen conciencia de serlo, ya no habría opresores”..
No creo en las teorías de la conspiración, pero existen tendencias, que abonan el terreno para la gestación de los Atilas. Seguramente los avispados lectores, sin gran esfuerzo mental, podrían nombrar más de una docena. Me imagino, además, cuales serían los primeros en ostentar semejante privilegio en esta nómina.
No acredito mucho en la casualidad, como historiador y humanista me inclino más por la causalidad. Si borramos las Humanidades de los currículos académicos, estamos contribuyendo e bajar peldaños en la escala animal. Si no izamos el mástil de la educación en valores, fabricaremos monstruos como los que están escribiendo las páginas más tenebrosas de nuestro acontecer cotidiano, como asegura la gran poeta gallega Marica Campo, a la que sigo en estas reflexiones.
Probablemente alguno me dirá que El Atila Mayor del globo también posee su escala de valores. Pero deberíamos puntualizar: es el patrón de actuación de aquellos que confunden valor y precio, por tanto, derivan en ser necios, palabra procedente del latín y cuyos rasgos son la ignorancia, la imprudencia y la presunción. Piensan que todo se puede comprar con dinero. Y en caso de fallo, aplicar la ley del pistolero de salón.
Ojo avizor. Entre nosotros, también hay necios y bárbaros. Y son los que esperan que los Atilas pongan remedio a sus problemas. Por consiguiente, cada uno en su ámbito, debe proclamar, practicar, suplicar y, sobre todo, exigir, contra la barbarie, cultura, contra la ignorancia, sabiduría, y contra la mentira, información veraz.
Convendría desterrar de la sociedad las consecuencias prácticas de estos cuatro refranes. Los he escuchado con frecuencia en Galicia, pero están expandiéndose como la grama en terreno fértil a otras sociedades. El Primero: “Eche o que hai”, “Es lo que hay”: paradigma de la resignación como suicidio cotidiano. El Segundo, que ya reflejaba Castelao en sus viñetas, “Mexan por un e hai que dicir que chove”, “Mean por uno y hay que decir que llueve”, espejo de sumisión frente al poder. El Tercero: “Deus é bó e o demo non é malo”; “Dios es bueno y el demonio no es malo”, modelo de escepticismo coartador de la reivindicación. El Cuarto: “Cada un vai ó seu, menos eu que vou ó meu”; “Cada uno va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío”, prototipo del individualismo insolidario.
El mejor antídoto para la eliminación y prevención de la barbarie y el fascismo es la memoria y el estudio de la historia. Creo que durante muchos años, en aras de no revivir el pasado incómodo, cometimos el desacierto de silenciar el pasado. En este sentido quiero recordar algunas definiciones de historia que nos vendrían bien para no incurrir en los errores pretéritos.
Existe una frase muy manida, atribuida a a Carlos Marx, no a Groucho: “El pueblo que desconoce su pasado está condenado a repetirlo, con frecuencia de manera trágica”. También me gusta esta otra: ”La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”; de Marc Bloch, historiador francés asesinado por los nazis. Y no me desagrada ésta, preferida de los tratadistas romanos: ”Historia magistra vitae”.
Miguel de Cervantes definía la Historia en el capítulo IX de su Don Quijote, novela citada a mansalva por la derecha, pero escasamente leída y menos asumida, como “camino de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
También me resulta sugerente esta otra comprobación de mi cosecha: ”Quisieron borrar la historia; la llamaron leyenda, pero siempre volvía con dos nombres cambiados: memoria o pasado”.
Y aún a riesgo de resultar pesado citaré finalmente este proverbio oriental: “El futuro pertenecerá a aquellos que tuvieron mejor memoria”. l
Historiador