Estas navidades he pensado también en La historia interminable. Si pertenecen a mi generación, seguro que vieron la peli y tienen en algún pliegue neuronal incrustada la canción –never ending story, ah ah ah–. Igual la peli les llevo al libro, o al revés, qué más da. Seguro que en algún momento volaron a lomos de Fújur con Atreyu y Bastián. La vida era más sencilla en aquel tiempo, aunque hubiera que salvar Fantasía de la Nada, que no era una tarea menor. He pensado en la obra de Michael Ende porque recordarán que esa Nada avanzaba porque los humanos no soñaban, no imaginaban, y esta historia me ha recordado la desilusión de una niña de ocho años. Vas creciendo y te vas llevando bofetadas de realidad. De pronto, los Niños Perdidos y Nunca Jamás adquieren otro significado. De pronto te desvelan una mentira y quién te ha mentido y un trocito de inocencia se va por la ventana. No te das cuenta en ese momento, pero ocurre. Y he pensado mucho estos días en esa niña, afortunada por poder disfrutar de su infancia de inocencia cristalina. Años después, cuando ya solo queda el recuerdo en el mejor de los casos, quizá convenga no olvidar la dedicatoria de El Principito, aquello de que “todas las personas grandes fueron primero niños (pero pocas se acuerdan)”.