En una casona–palacio del siglo XVIII, con piedra centenaria y un aire señorial que respira historia, se encuentra el Cenador de Amós, restaurante reconocido con tres estrellas Michelin y tres soles Repsol, un hito que lo sitúa entre los grandes destinos culinarios de Europa. Su singularidad, lejos del bullicio urbano y las grandes capitales gastronómicas, es parte fundamental de su identidad: una propuesta que nace de la tierra, del paisaje y de la memoria. Es además el único restaurante con tres estrellas Michelin en Cantabria, un símbolo de excelencia en pleno entorno rural, cuyos méritos le han llevado renovar las tres estrellas.

Entrada al restaurante Cenador de Amós, en Cantabria. O.S.

Al frente del proyecto está el chef Jesús Sánchez (Azagra, Navarra, 1964) cuya trayectoria ha culminado en este espacio convertido en su manifiesto personal. Su cocina, reconocida internacionalmente, destaca por elevar el producto local a un nivel artístico. Sánchez no solo cocina: construye relatos. Cada plato está concebido como una pieza capaz de emocionar, fusionando estética, sabor e historia en una armonía que trasciende lo meramente culinario. Su proyección mediática, impulsada por su participación en MasterChef, ha ampliado aún más el alcance de su visión creativa, acercándola a un público diverso y entusiasta.

Un restaurante en una casona-palacio

El edificio que alberga el restaurante es más que un escenario. La antigua casona-palacio es parte esencial del discurso: sus muros de tres siglos hablan de tradición, de raíces profundas y de un tiempo en que la vida se regía por el ritmo del campo. En su interior, diseño, sobriedad y artesanía conviven con materiales nobles que conectan con el entorno. Sostenibilidad, respeto y equilibrio guían cada decisión, desde la iluminación hasta la selección de ingredientes. El resultado es un ambiente donde modernidad y legado se integran con naturalidad.

La cocina del Cenador de Amós se apoya en un equipo que entiende la gastronomía como un acto colectivo. En cocina, sala, panadería, bodega y huerto, cada miembro aporta un saber hacer cuidado al detalle. La precisión técnica se complementa con la vocación de servicio, porque aquí, cocinar también es servir, y servir también es emocionar. Cada gesto responde a un culto al arte de emocionar desde los fogones, y cada plato es una vuelta a los sabores tradicionales reinterpretada con mirada contemporánea.

Bombón de ensaladilla con huevas de caviar. O.S.

Propuestas culinarias

La experiencia culinaria incluye una selección de platos que reflejan una filosofía de sostenibilidad, aprovechamiento alimentario y economía circular. Los aperitivos abren el menú con una declaración de intenciones: destaca el cono de algas con helado de ostra y caviar, un bocado que reúne mar, técnica y elegancia.

Pan de Amós con helado, un postre sostenible y original. O.S.

Entre las creaciones más celebradas del menú se encuentran la cuajada de bacalao con cristal de pimiento, que reinterpreta la tradición marinera con sensibilidad moderna; la suprema de pichón salsifi; y el colinabo con su jugo trufado, ejemplos de cómo la precisión técnica puede convivir con la emoción más pura. Cada elaboración sorprende sin desligarse del territorio, convirtiendo ingredientes humildes en piezas memorables.

Cebolla bajo velo de calamar. O.S.

A esta experiencia se suma un elemento que refuerza la dimensión artística del lugar: Jesús Sánchez es también un destacado fotógrafo, y muchas de sus obras decoran las paredes del restaurante. Sus imágenes, íntimas, naturales y evocadoras, dialogan con los platos, con el entorno y con la arquitectura, componiendo un espacio donde la gastronomía convive con la sensibilidad visual.

Cenador de Amós se ha consolidado como un icono, no solo por los premios, sino por su capacidad de conectar emoción y cocina, arte y naturaleza, innovación y raíces. En un lugar donde nadie esperaría encontrar una cima culinaria, Jesús y su equipo han demostrado que la grandeza puede surgir en silencio, desde un pequeño pueblo donde la tradición aún se siente en el aire. Allí, entre sabores que cuentan historias y un entorno que respira autenticidad, el visitante descubre que la gastronomía puede ser también un acto poético.