El agravamiento de la situación en Oriente Medio como consecuencia de la guerra desencadenada por EEUU e Israel contra Irán ha eclipsado por completo otros hechos coincidentes en el tiempo con el inicio de esta operación bélica; que, como es lógico y dada la envergadura del asunto, ha centrado casi en exclusiva la atención informativa y los comentarios en todos los medios. Uno de los hechos que por esta razón no ha recibido la atención debida ha sido la creación de lo que ha sido bautizado por sus propios promotores –Donald Trump al frente de su equipo instalado en la Casa Blanca– como Shield of the Americas (Escudo de las Américas), que según se nos anuncia va a dotar a todo el continente americano, desde Alaska (y Groenlandia cuando se integre) a la Pampa argentina pasando por el Caribe, de un escudo protector que les proporcione seguridad ante los peligros con que amenazan los enemigos de las Américas.

No es la primera vez que la Casa Blanca decide extender su manto protector a sus vecinos de la otra América; o, dicho en términos coloquiales, a su back yard (patio trasero), que no conviene descuidar para evitar problemas que pueden incomodarle. Ya en el siglo XIX, el quinto presidente USA, J. Monroe (1817-1825) acuñó la doctrina que lleva su nombre, en principio para impedir el intervencionismo de las potencias europeas (entre ellas el Reino de España) en sus antiguas colonias latinoamericanas; si bien mas tarde sirvió también para dar cobertura al intervencionismo norteamericano en los países al sur del río Bravo. En el siglo XX, al compás de la consolidación de EEUU como gran potencia mundial, en especial tras la II Guerra Mundial, sus relaciones con el resto de las Américas se institucionalizan a través de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la que EEUU ha tenido desde el primer momento una posición claramente dominante en relación con el resto de los países miembros.

En este marco, la reciente creación a iniciativa de Trump del Escudo de las Américas, si bien da continuidad a la política intervencionista que, bajo formas diversas, ha mantenido EEUU en relación con los países del resto de las Américas, presenta también algunas notables diferencias en relación con las experiencias habidas hasta ahora. Un primer hecho a reseñar hace referencia a la forma como ha sido llevada a cabo esta iniciativa, mediante su escenificación en la residencia personal de Trump, en Florida, a la que son invitados un grupo seleccionado de jefes de Estado de los países latinoamericanos a los que otorga un lugar en esta nueva plataforma interamericana; lo que no deja de ser una forma muy peculiar de inaugurar lo que, en principio y según las manifestaciones de su principal promotor, es un proyecto político interamericano para garantizar la seguridad de los Estados que lo integran.

En relación con esta peculiar forma de presentar este proyecto que, de acuerdo con su propia denominación cabe caracterizar como de escudería colectiva para las Américas, hay que hacer referencia también al carácter unilateral que le inspira y le anima desde el primer momento. No se trata en este caso de un Acuerdo interamericano producto de una negociación previa que da lugar a un convenio entre las partes implicadas, como ha ocurrido en otros casos (aunque ya se sabe que no todas las partes, los Estados en este caso, tienen el mismo peso) sino de una convocatoria unilateral a una serie de dirigentes, los mas afines al ideario trumpista, de Estados latinoamericanos para adoptar unos compromisos sobre unas cuestiones predeterminadas por la voluntad del convocante de la cumbre de acuerdo con sus propios intereses.

Otro de los rasgos, además de la unilateralidad, que caracteriza esta operación es el carácter selectivo con el que ha sido concebida desde su inicio. No se trata de una convocatoria de carácter general en la que puedan tener cabida todos los Estados de las Américas para tratar temas de interés común según una agenda previamente acordada sino de una convocatoria selectiva utilizando como criterio de selección el grado de afinidad política de los convocados con el ideario del convocante del evento, Trump. Lo que inevitablemente da lugar a la exclusión automática de una serie de países cuya presencia, por otra parte, resulta imprescindible, tanto por su peso demográfico, económico y político como por su relación con los temas a tratar. Es el caso de Brasil, México y Colombia (entre otros) que además de ser los países con mayor población de la América Latina ocupan una posición, tanto en términos políticos como económicos, en el mundo latinoamericano que no hace posible que pueda prescindirse de ellos.

Por lo que se refiere a los objetivos que justifican la creación de este Escudo de las Américas, el texto suscrito por los mandatarios congregados en la residencia de Trump en Florida hace referencia a la lucha contra el narcotráfico, que se presenta como el eje principal en torno al cual se articula esta nueva plataforma interestatal de las Américas. Se trata de un argumento muy manido, por mucho que se recurra a él insistentemente, ya que para adoptar medidas efectivas contra el narcotráfico mas que una cumbre de jefes de Estado, todos afines al trumpismo además, basta con reunir a los responsables de la lucha contra el narcotráfico en los países en los que este asunto tiene mayor incidencia (no en todos tiene la misma); lo que resulta mucho mas eficaz y operativo que cualquier cumbre interestatal como la convocada en Florida para anunciar y publicitar la creación de un ‘escudo’ que, a partir de ahora, va a proteger a todos los americanos de los dos hemisferios de los cárteles de narcotraficantes.

A la vista de la política que viene desarrollando Trump y su equipo en relación con Latinoamérica, hay motivos mas que suficientes para pensar que aparte del narcotráfico, que sí es un problema real, el objetivo principal de la operación bautizada pomposamente por sus propios promotores como el Escudo de las Américas no es otro que el dotarse a si mismos de un escudo protector que proporcione cobertura para poder desplegar una política intervencionista en lo que podríamos denominar las otras Américas. En realidad, el escudo anunciado cumpliría la función de acotar un espacio propio con la colaboración de los Estados participantes en la operación, con lo que se daría rango institucional a este nuevo grupo de países latinoamericanos aglutinados en torno a EEUU; al tiempo que se excluye a otros países que no muestran afinidad alguna con las tesis trumpianas y que son un obstáculo para que la Casa Blanca pueda llevar a cabo sus planes en Latinoamérica.

Un dato especialmente significativo en relación con este proyecto es su presentación, de acuerdo con las propias manifestaciones de sus promotores, como una iniciativa de cooperación militar entre los Estados que lo suscriben. En palabras del propio Trump, la esencia del Acuerdo es “el compromiso de usar la fuerza militar letal para destruir a los grupos criminales”. Se hace referencia asimismo a que la protección del ‘escudo’ implicaría que los países participantes compartan inteligencia militar y coordinación de sus operaciones para localizar y desmantelar las redes de los cárteles. Son todas ellas previsiones que entran dentro del ámbito militar, lo que ampliaría el campo de intervención de EEUU fuera de sus fronteras amparándose para ello en la lucha contra el narcotráfico; y muy especialmente en un área particularmente sensible como es la de la intervención militar, que tendría así cobertura legal e institucional de acuerdo con los compromisos acordados por los Estados participantes en el Escudo de las Américas.

No es posible saber en el momento actual cual puede ser el recorrido que vaya a tener esta nueva iniciativa trumpiana; menos aun teniendo en cuenta el carácter voluble e imprevisible de su principal impulsor. Todo indica que se trata de un plan que bajo la oferta de un escudo protector para las Américas el objetivo a conseguir por parte de sus promotores es el reconocimiento, mediante el acuerdo suscrito, de un ámbito de intervención ampliado, incluido el militar, de EEUU en Latinoamérica. A la vista de como se han desarrollado las cosas en torno a este asunto, hay motivos para pensar que el escudo urdido en la residencia y el campo de golf de Trump en Florida mas que para proteger a los países de las Américas sirve ante todo para escudar los planes que desde la Casa Blanca se pretende llevar a cabo en Latinoamérica.