A vueltas con la covid, un debate improcedente

16.10.2020 | 01:19

El comportamiento del Gobierno autonómico de la Comunidad de Madrid es un modelo mezquino y casi inhumano de lo que no debe hacerse, máxime teniendo en cuenta la debilidad del Gobierno central y la gran dificultad que encuentra para conseguir las mayorías necesarias para actuar con todas las garantías

Cada vez me cuesta más escribir sobre la pandemia que amenaza nuestras vidas, que nos agobia constantemente imponiéndonos incluso modos de vivir. Aunque no soy aprensivo, evito comportarme como siempre me he comportado, porque ahora cuentan mucho "los otros", los que comparten mi vida, los que caminan por los mismos caminos por los que yo camino, los que respiran el mismo aire que yo porque el aire no es de nadie sino que es de todos y solo llega a ser mío cuando se convierte en mi aliento, los que dialogan conmigo desde detrás de sus mascarillas, homologadas o no pero en todo caso escudos que ocultan a la vez que protegen, que convierten los semblantes en misterios, que ocultan miedos evidentes y desconfianzas. Cada día, los medios de comunicación ofrecen cifras amenazantes, como son las cifras de los contagiados, sintomáticos o asintomáticos, las cifras de los muertos, las cifras de los que están al borde del fallecimiento en aquellos lugares –hospitales, centros de ancianos, casas de las barriadas más humildes, etc.– y las previsiones, unas veces acertadas y otras veces erradas.

Y en medio de la incertidumbre, que siempre es un bosque confuso en el que crece todo tipo de vegetación pero ninguna planta en exclusiva, convive la especie humana a la que pertenecemos. Resulta descorazonador que quienes compartimos ese hábitat seamos incapaces de compartir, siquiera respetar, lo que es de todos. España, que es el hábitat de los españoles, se ha convertido en una jaula de grillos, en una cueva de ladrones incapaces de llegar a los más básicos acuerdos. Y ya es tiempo de reclamar compromisos a todos. Principalmente un único compromiso: ejercer una humanidad responsable. Quienes, desde las instituciones públicas, tienen el deber de buscar soluciones al problema de salud derivado de la covid-19, no pueden convertirse en los factores que más inquietud están provocando en los ciudadanos. Las dimensiones del virus, o sus características, le convierten en un enemigo agresor y asesino al que los individuos, uno por uno, no podemos combatir. Los ciudadanos, temerosos y asustados, asistimos a un rosario de noticias y previsiones que nublan nuestros semblantes. La gran mayoría de los ciudadanos somos obedientes y extremamos nuestras medidas de protección. ¿Qué más podemos hacer? ¿Qué más debemos hacer?

Pero no están todos los instrumentos ni todas las estrategias ni todas las prevenciones en manos de la ciudadanía. Hay una que sí debería estar: la confianza en los responsables públicos, en nuestras instituciones, algo que hoy por hoy brilla por su ausencia. Resulta aberrante que los gobernantes –unos y otros, aunque unos más irresponsablemente que otros– se muestren incapaces de mirarse a los ojos y de caminar en la misma dirección, a poder ser en la más acertada y aceptada. Es bien cierto que nos encontramos sumergidos en una pandemia, de ámbito mundial, que asusta demasiado, pero ¿asusta menos la actitud de los responsables políticos institucionales que practican la enemistad entre ellos, cuando no un obstruccionismo tan irresponsable? En un Estado tan descentralizado como España, los responsables políticos e institucionales deben ceder buena parte de sus protagonismos al Gobierno de ámbito superior en beneficio de la eficacia. El comportamiento del Gobierno autonómico de la Comunidad de Madrid es un modelo mezquino y casi inhumano de lo que no debe hacerse, máxime teniendo en cuenta la debilidad del Gobierno central y la gran dificultad que encuentra para conseguir las mayorías necesarias para actuar con todas las garantías.

Es tiempo para aplicar excepcionalidades al parlamentarismo que se practica en el Congreso de los Diputados. Y es tiempo para reclamar a los líderes que no usen su fuerza ni sus apoyos útiles para la atenuación y solución de la crisis de la covid-19 en reclamaciones de cosas extrañas. La covid-19 amenaza las vidas de todos sin detenerse a comprobar su afiliación política, por tanto, será muy mezquino usar cualquier negociación a favor de la salud de todos para compensarla con medidas arteras a favor de muy pocos, y en contra de la mayoría. Evitar estos comportamientos solo será posible si los grandes partidos que encabezan tanto el gobierno como la oposición –PSOE y PP– dejan de competir entre sí, con la Comunidad de Madrid por bandera y estandarte principal. La izquierda y la derecha compiten entre sí, pero han de hacerlo respetando unas reglas de comportamiento y, sobre todo, preservando algunos conceptos básicos: uno de ellos, esencial, es la vida y la supervivencia de los administrados. El ejemplo que los responsables gubernamentales y políticos están dando resulta deplorable. Da la impresión de que ni unos ni otros tienen claro qué es lo prioritario: la bolsa o la vida.

Sí. Recuerdo aquellos pasajes de las películas que vi en mi niñez, cuando alguien provisto de arma blanca, o arma de fuego, acudía (casi siempre por sorpresa y por la espalda) y amenazaba: "¿La bolsa o la vida?". La actual enemistad de los líderes políticos (izquierdas y derechas) y su escasa categoría moral en varios casos ha desembocado en el actual desencuentro y el perjuicio que nos ha convertido a todos en remisos encapuchados. Todo lo que hemos ido incorporando a nuestras vidas, en lo que respecta a nuestras relaciones con los demás, ha estado basado en el recelo y las desconfianzas. Ni besos ni abrazos. Nada de apretones de manos, todo lo más golpeo de codos puntiagudos. Las sonrisas no se ven, salvo porque en lo alto de las mejillas se fruncen nuestras pieles laterales de la cara. Así es. Las autoridades ríen y sonríen entre sí como si no pasara nada (mientras escribo este artículo tengo ante mí una fotografía esclarecedora: la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, choca su codo izquierdo con el codo derecho del presidente del Consejo Europeo Charles Michel, en Bruselas, con sus rostros relucientes como si el momento que estamos viviendo no fuera tan dramático como es).

En ámbitos más reducidos, y solemnes, ocurre lo mismo. Cada uno esgrime una solución, como infalible, para el problema de la covid-19. Compiten unos con otros. Por ser los más originales en las medidas que proponen. Por parecer los más eficaces. Pero, sobre todo, por llevar la voz contante y sonante. Mientras tanto, los ciudadanos asistimos absortos y cabizbajos a los diarios de noticias y a los telediarios, que no nos aportan sino dudas e informaciones sobre peleas de gallos miserables que enarbolan sus espolones y entonan "kikirikis" propios de vocingleros. Poco a poco se va terminando la paciencia de todos ante la negligencia de los gobernantes enfrascados en una discusión propia de indómitos e impropia de dirigentes responsables.

Las actuales formaciones e ideologías no dan más de sí. Empiezo a pensar que, de vez en cuando, hay que dejar los orgullos y soberbias a un lado porque la vida de cada cual alcanza su mayor (y mejor) valor cuando puede ser compartida con la de los otros. ¿Imagináis, queridos lectores, una huelga de sanitarios (o de algunas otras personas, profesionales dedicados a las materias afectadas por la pandemia)? Pues bien, da la impresión de que nuestros responsables públicos han emprendido una guerra despiadada entre ellos, que se han empeñado en mostrar ante los ciudadanos que cuando les peligra siquiera mínimamente el poder que ostentan, están dispuestos a no pensar en otros más que en ellos, en preservar su poder por encima del deber que les han otorgado. Recientemente, ha escrito Muñoz Molina que "la clase política se ha convertido en obstáculo no ya para la convivencia sino para la democracia". Desde mi condición de político militante, que he ocupado algún lugar de cierta responsabilidad en los órganos de gobierno de diferentes niveles, quiero pedir a los responsables actuales, de todas las instituciones y de todos los gobiernos, un esfuerzo por devolver a la política la dignidad que es inherente a ella€ Aunque los dirigentes políticos e institucionales actuales, en bastante cantidad de ellos, estén convirtiendo el parlamentarismo en una práctica barriobajera, y el noble ejercicio de gobernar en una práctica de conveniencia absurda que pone lo oportuno (el oportunismo) por encima de lo noble.

josumontalban@blogspot.com