Retomo la narración del lunes pasado. Después de que el director de la sucursal bancaria, adonde había acudido a realizar un ingreso al instituto por el libro de euskera del chaval, me repitiera por enésima vez que las normas sólo los permitían antes de las 10.30 horas y afirmara que disponían de poco personal, tuve que dirigirme a otra de otro color, de donde, a la fuerza ahorcan -intente vivir sin bancos: es jodido-, soy cliente. La señorita (una y sólo una) me dijo que como se trataba de una cuenta de otra entidad me iba a cobrar cuatro euros. ¿Cómo justifican ustedes ese gasto?, pregunté. Es lo que se cobra, respondió. ¿Y el motivo?, pregunté. No lo sé, respondió. Puede usted realizarlo por el cajero sin coste alguno, añadió. ¿Eso no forma parte de su trabajo?, pregunté. Si quiere le ayudo, respondió. ¿Y el justificante del ingreso?, pregunté. Se lo da el cajero, respondió. Necesito dos, concreté. Le saco una fotocopia, respondió. Me costó realizar la operación cerca de cinco minutos. A mi lado se mantuvo la señorita, respondiendo a las numerosas preguntas que le fui formulando. El director, con quien ya había cruzado unas palabras en otra ocasión, miraba agobiado desde su despacho. Ganan dinero con nuestro dinero. Deberían estar agradecidos en lugar de hacernos la vida más difícil de lo que ya resulta.