de las raíces vigorosas que comentábamos el otro día de Rajoy a la desaceleración europea que asume hasta su delfín De Guindos en la reunión del cada vez más obsceno G-20. De la locomotora económica en la que, nos aseguraban, las reformas del PP habían convertido a España a un mero vagón de cola, otra vez, que a buen seguro necesitará más ajustes, o sea recortes. Y los demás levantándonos cada día como podemos, sufriendo mes a mes con menos dinero o sin trabajo y echando un ojo a los informativos o a los periódicos para ver qué va a ser de nuestro futuro, a ciencia cierta negro por seguir empeñados en vivir por encima de nuestras posibilidades. Y es que no aprendemos. Queremos comida, colegios, médicos y hasta vacaciones. En el fondo, aunque protestemos, creemos que los gobernantes saben más que nosotros, que cuando el presidente dice aquello de que “España va bien” es porque es así, porque tenemos mucha suerte de haberle confiado nuestro destino. No caemos en que se acercan elecciones y que todos sus mensajes, absolutamente todos, giran en torno a captar los votos suficientes que permitan perpetuar el sistema. Incluso nos alegramos de que vayan a bajar los impuestos... para volver a subirlos inmediatamente después de que pasemos por las urnas.