el juego consiste en burlar la realidad y recrear una ilusión que termina asombrándonos. Y sí, sabemos que hay truco en la trastienda, pero no nos importa demasiado si nos lo cuentan con gracia. Las reglas de la política no difieren demasiado de la magia y si el político lo cuenta con gracia le permitimos el truco, pero si es un sinsorgo, termina escenificando un número barraquero. El diputado general de Álava, Javier de Andrés, intenta como puede burlar la realidad. Sortea la encuesta de DNA que, basándose en un amplio muestreo y una evidente tendencia social, le augura un batacazo electoral. Obvia que su Diputación lleva tres años en estado de parálisis. Ninguno de sus diputados ha sido capaz de apuntarse un solo tanto, salvo un estropicio tras otro. Ignora que en la calle no se le relaciona con ningún atributo. Y para más inri, hasta un concejal vitoriano de su propio partido le saca los colores. Eso sí, se saca de la chistera el conejo de una bajada de impuestos, sin decir a qué rentas afectaría -echen apuestas- ni con qué recortes equilibraría la pérdida de ingresos. Desconocemos el truco, pero nos da igual porque el número de Javier de Andrés carece de toda ilusión en escena. Y es que en la trastienda, más que por un mago, pareciera estar asesorado por un trilero.