no sé si se puede vivir sin wassap, sin twitter o hasta sin internet en el móvil sin quedarse fuera de la realidad, aunque lo mismo estoy ya en el planeta Marte y no me he enterado, como Woody Allen en El dormilón, despertando 200 años después de ser congelado. Lo que sí puedo asegurar es que sin tele la vida cambia muy poco. Los personajes cutres de la salsa rosa o los vividores de los festivales al uso tendrán sobrados argumentos para contradecirme, pero he comprobado que uno puede vivir sin televisor y no le salen sarpullidos por eso. A mediados de este verano nos estalló el mamotreto de culo abultado que teníamos como televisor en la sala -el único aparato de la casa- y fuimos a comprar otro, pero contemporáneo. Sin embargo, no es tan fácil comprar una tele como pueda parecer, pues hay que tener un máster en alta tecnología para elegir entre cientos de variantes, y lo pospusimos para cuando tuviéramos más paciencia. Esperábamos que los críos se amotinaran ante tal sacrilegio, pero sorprendentemente en casa hubo un conformismo y hasta indiferencia asombrosa, bien es cierto que con el sustitutivo de los soportes digitales. Nadie echa en falta la tele y el cine en las salas se ha revalorizado. Así que en esto también se puede, con permiso de la farándula.