Creo que ya he contado en alguna ocasión en este mismo espacio lo que me ocurrió hace muchos años con una novia cuando se murió un director de cine cuyas películas me gustaban especialmente. Sam Peckinpah la palmó de viejo y de vicio un 28 de diciembre de 1984. Me había citado con la chica en cuestión a media tarde para dar un paseo y comernos los morros durante un rato. Al llegar, no se me ocurrió mejor idea que decirle que guardaba luto. Por aquel entonces, una de mis abuelas estaba ya muy enferma. Ella, mi novia, mujer de sentido común y sincera solidaridad, supuso que quien había fallecido era mi abuela, así que me abrazó con fuerza y ternura. Me vi obligado a decirle que quien había muerto era Sam Peckinpah, de quien ya había oído hablar por la brasa que le daba con el cine. Empezó a aflojar el abrazo y me miró como si fuera idiota. Tuve que darle la razón, además de pedirle disculpas. Pero la de Peckinpah era una muerte relevante, al menos para mí. Mucho más sin duda que los dos recientes óbitos del mundo empresarial, presidentes de florecientes negocios en el yermo paisaje español. No creo que tengamos nada que agradecerles a ninguno de los dos. No se merecían tanto papel impreso. Al menos Peckinpah hizo un buen puñado de grades películas.
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