siendo estudiante se me pasaban las horas a lo tonto. Empezabas a mirar las novedades extendidas sobre las mesas y terminabas perdiéndote por las estanterías del fondo, lejos del mundanal ruido, acariciando los lomos, palpando el papel, leyendo contraportadas y algunas páginas sueltas o descubriendo sugerentes autores de los que nunca oíste hablar. O charlando con otros clientes habituales. Luego te llevabas algún libro o no, dependiendo del dinero que llevaras esa tarde o de la curiosidad que despertara algún título. Javier, el librero, parecía haberse leído todos. Sobre cualquiera que le consultaras tenía alguna referencia, siempre sabía aconsejarte algo que le sonaba podía interesarte y, con el tiempo, hasta te pillaba el punto y sabía a qué rincón dirigirte o sobre qué autor anunciarte una novedad. Con sus gafas a media nariz, lector voraz e incombustible, sabía tratar a cada cliente como si lo fuera de toda la vida, y eso que tenía miles. Este verano, después de 40 años de andadura, la pequeña e histórica librería que yo tenía como referencia desde hace más de 25 ha cerrado. Al volver en septiembre y encontrarme echada la persiana no pude evitar la congoja de que algo se nos ha cerrado en el alma. Y sin poder despedirnos. Gracias por todo, Javier.