Soy vecino de la nueva estación de autobuses y huelo bien. Créanme. Lo juro. Intuyo que hace ya unos días los responsables (no se enfaden: es una forma de denominarlos) de la obra de la plaza de Euskaltzaindia advirtieron al Ayuntamiento de que iban a necesitar cortar el agua a los vecinos durante unas horas. ¿Que cuándo? Pues el lunes 15 de septiembre. El responsable (dejémoslo ahí) de la cosa líquida municipal mandó colocar en todos los portales de las calles aledañas un aviso: de 08.30 horas hasta mediodía no habrá agua. Sé que a muchos de ustedes les habrá ocurrido algo parecido en su historial ciudadano, pero no por eso jode menos. En casa hemos tenido que organizarnos en brigadillas horarias, demostrando a su vez un loable sentido del ahorro de agua: duchas concatenadas perfectas: uno entra, otro sale, una entra... y así hasta cuatro. Luego nos hemos mirado los caretos, porque teníamos tiempo para hacerlo: se ha adelantado la ducha, no las obligaciones laborales o estudiantiles. El caso es que a las 8.28 horas he intentado batir la plusmarca mundial de fregado relámpago: tres tazas, tazón, dos platos y algo de la recena. Me habría dado tiempo si no llegan a cortar el agua dos minutos antes. Salían gotas. Pero ya estaba duchado y oliendo bien.