Y llegará el 9 de noviembre. Y habrá consulta catalana o no la habrá, quizá la cambien por una elecciones. Pero el problema seguirá ahí mientras el gobierno de Rajoy y sus aliados focalicen todas sus miradas en Artur Más. Iracundos y sin atreverse a desviar la mirada del camino, encantados con sus orejas de burro. Que si ilegal, que si al president de la Generalitat le podrían caer hasta 15 años de cárcel -ayer le amenazaban con eso algunos jueces-, que la soberanía es de todos los españoles... No parece que sirva de mucho el contundente mensaje lanzado por los cientos de miles de ciudadanos que salieron a las calles de Barcelona para exigir su derecho a decidir. Al menos, desde Moncloa ya no se atreven a responder con chorradas del tipo: “La verdadera mayoría es la silenciosa que se queda en su casa”. Y tampoco han criticado tanto este año la manifestación en sí cuando, aterrados, ellos mismos convocaron una contramanifestación que lo único que consiguió fue poner en valor su minoritaria posición. Lo que no entienden en Madrid es que Artur Mas pinta bastante poco en todo esto. Seguramente, su partido -el del ladrón Pujol- saldrá trasquilado en las urnas. Lo que no entienden aún algunos políticos es que ciertos temas ya no se arreglan en un despacho aislado mientras todos los demás tragan.