Si el planeta se configuró con cinco continentes, el microcosmos de Vitoria puede presumir de tener bastantes más. Los océanos de los debates municipales se han extendido tanto que la ciudad se nos ha llenado de proyectos estrella continentes. Entre el famoso auditorio fantasma que fue deambulando de un emplazamiento a otro hasta esfumarse y el pelotazo consumado en el edificio de los Guridi -malos tiempos para la nostalgia cinematográfica reconvertida en galerías comerciales-, los palacios -será por palacetes, oiga- de Escoriaza-Esquível o Maturana Verástegui, la Catedral nueva o hasta el Palacio de Diputación si me apuran componen una fantástica y rica colección de conjuntos vacíos. Sobre los continentes hemos mareado la perdiz en debates municipales en forma de bucle hasta el aburrimiento, pero todos ellos han dejado de lado los contenidos. El monasterio de Betoño, en cambio, llegó a dotarse de una sugerente propuesta de contenidos, pero se la cargó la crisis del sector bancario. Ahora amenaza con la posibilidad de convertirse en un campus universitario internacional, pero no ha tardado un grupo municipal en intentar dinamitarlo al grito de antes muerto que privado. Otro continente más para la vitrina vitoriana.
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