Quizá hayan oído algo sobre ese restaurante abierto en Ibiza. Doce exclusivísimos comensales a 1.500 euros el cubierto comparten una mesa futurista rodeada de paredes que se convierten en pantallas para ofrecer una experiencia en la que la alta cocina se mezcla con imágenes, sonido e incluso aromas. Con todo el respeto -y no sin envidia- pero... ¿no se nos está yendo un poquito de las manos todo esto de la gastronomía? Y no lo digo tanto por el chef -quien, por otra parte, no hace sino innovar en su negociado y sacar al mercado un producto-, sino por el cliente que paga, por la impresión de que hay quien ya no sabe si prender fuego al billete de 500 euros para encenderse un habano o qué hacer con él. El asunto, abstrayendo un poco, es que uno paga lo que paga no por comer bien, que también, sino por disfrutar de una experiencia que trasciende el plato. Con el handicap de la ausencia de prueba empírica de esta propuesta, recuerdo magníficas experiencias gastronómicas multimedia más modetas: una sopa de pescado gloriosa en un pequeño restaurante de un puerto asturiano, con el olor a mar en la puerta, los pescadores llegando a vender su pescado, la luna que comienza a bañar suavemente las aguas y el monte, buena charla en mejor compañía... Me pregunto si una experiencia se puede construir...
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