Me pilló fuera, de vacaciones y desconectado, pero ya me he enterado de lo que pasó en la bajada de Celedón. No me voy a centrar en lo acontecido durante el paseíllo. Sé que a Gorka y a la cuadrilla que lo acompañaba los inundaron de cariño mal entendido, sobre todo cuando a una de las partes le molesta que le tiren escayola o lo que fuera que les lloviera al careto; propongo a los listos lanzadores que hagan el recorrido al revés, es decir, que se queden en sus casas y vean la bajada por la televisión. Dicho esto, al grano: la balconada sufrió una evidente sobreventa de billetaje. Estaban, además de los amigos de los habituales, los amigos de los amigos, y también algún familiar que quiso compartir la experiencia con más amigos. Con tanto invitado por cabeza de concejal u autoridad, se los veía a todos como de canto saltando a la vez, con grave peligro físico para los bailantes, amén del drama histórico subyacente. Esto debe cambiar. Puedo entender lo de los compromisos, pero semejante derroche de empatía con todas las agendas de contactos pone en riesgo la continuidad de las fiestas tal como las conocemos si no se toman medidas. No caben, es evidente. Sólo les queda un camino: tomar la plaza. Y ahí los quiero ver. ¿Ustedes no?
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