el fútbol profesional, y también el baloncesto, llevan un verano esperpéntico. Yo era de los que creía que la crisis, si algo bueno tenía, era que nos iba a espabilar a todos, que dejaría definitivamente atrás a los caraduras, inútiles, memos y demás majaderos que lo fiaban todo a la fachada aún a costa de rebajar la calidad del edificio. Pensaba que estaban por acabarse las épocas de absurdos fastos y falsas apariencias, que posaríamos los pies en el suelo, que nos dejaríamos de chorradas y de adorar a esos fantasmas que tanto abundan en los puestos de responsabilidad. Pero héte aquí que no, que seguimos más o menos igual que antes, simplemente esperando a que escampe pero sin decidirnos a desplegar ese paraguas que nos proteja de esta y próximas tormentas. No se entiende, si no, cómo tanto la ACB como la LFP siguen gobernadas por los mismos inéptos que han sumido a sus respectivos asociados en el más absoluto de los ridículos. Cuatro calendarios en menos de dos semanas, las que van de expulsar al Bilbao Basket y al Murcia justo antes de que la justicia les restituyera en la élite. No sé qué hacen todavía Francisco Roca y Javier Tebas -asesor de Piterman, ¿se acuerdan?- como mandamases del baloncesto y del fútbol. Será que los clubes tienen lo que se merecen, claro.