en algún momento de los 60, en Nanclares de la Oca desapareció de pronto un campo de concentración entero, ese mismo que la pasada semana se empeñó en recordarnos el viejo anarquista Félix Padín. La plácida sociedad vitoriana del momento lo borró de su memoria, igual que las sacas al puerto de Azazeta, el muro de Santa Isabel o los bienes incautados a sindicatos, organizaciones de izquierdas y batzokis, algunos de los cuales fueron recuperados después de la dictadura con mucho papeleo, pleitos y generosas aportaciones de sus militantes por medio. Iñaki Oyarzábal, advenedizo en la política sin carrera académica ni profesional conocida, no alcanza a entenderlo. Pero no por amnesia, pues él aún no había nacido, sino porque procede de esa confortable placidez -que diría Jaime Mayor Oreja- que ayuda a ignorar ese cuarto oscuro. Y no entiende que jeltzales o rojos pudieran recuperar sedes de hace más de setenta años. Para ellos es una especie de prehistoria extraña, muy alejada de las modernas sedes decoradas con gaviotas azul celeste y pagadas a golpe de crédito bancario, no a escote ni a colecta. Claro, es más fácil decir que las otras se han financiado con sobres parecidos a los de Gürtel, que las ha pagado la famiglia Pujol o alguna otra boutade de tal pelo.
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