Bueno, como quien no quiere la cosa, casi estábamos recibiendo a Celedón y ya le estamos despidiendo. En el parte de guerra, al cierre de esta edición, no hay que lamentar ninguna baja a manos de bebidas espirituosas -nada más grave que el clásico “me estoy haciendo mayor”- ni bajo los efectos de la severa dieta a base de bocadillos de lomo y/o panceta propios de estos días (abro paréntesis, ¿qué sería de nuestras fiestas sin el clásico lomo-queso-pimientos?; es el langostino navideño de las fiestas patronales; cierro paréntesis), ningún esguince en danza tribal cuadrillera e, incluso, podemos felicitarnos por alguna brillante incorporación al repertorio charanguero -aún estoy sobrecogida por la versión del No hay tregua de Barricada-. Aprovecho estos momentos de adiós y balance, para sumarme a la propuesta que mi compañera Rebeca lanzó en este mismo espacio para abrir la balconada de San Miguel cada año a algunos gasteiztarras de a pie durante la Bajada de Celedón. Y para rogar al Ayuntamiento una apuesta decidida para colocar un buen puñado de urinarios públicos. Un paseo por algún cantón el día 4 les habría abierto los ojos y cerrado las fosas nasales, por aquello de la supervivencia. En Sanfermines funcionan bastante bien, pueden hacerse una excursión a Pamplona con la excusa de coger apuntes...