quiso ayer la casualidad que dos mundos alejados y separados entre sí por seis décadas se unieran en una suerte de espíritu libertario. El día que Celedón bajó por primera vez a la Plaza Nueva de Vitoria en 1957 para hacer estallar las fiestas de La Blanca, Félix Padín iniciaba su exilio interior bajo el olvido social en Miranda de Ebro, precisamente en cuyo campo de concentración estuvo recluído tras combatir en los batallones Isaac Puente y Durruti y pasar por varias cárceles franquistas. Este histórico militante anarquista es una de las pocas voces vivas de los batallones disciplinarios que machacaban a los prisioneros en esos campos de concentración de posguerra -el suyo, a escasos kilómetros de Vitoria- que nunca existieron porque fueron borrados de la historiografía oficial. Ayer, mientras Celedón atronaba triunfante en la balconada de San Miguel y el estallido del txupinazo reivindicaba este año la memoria histórica de manos de la Asociación 3 de Marzo, Félix Padín declaraba ante la pertinaz juez argentina María Servini para reivindicar el testimonio del siniestro campo de Nanclares. Y así, el viejo anarquista convirtió simbólicamente la bajada de Celedón en una fiesta pagana y libertaria, sin amo ni señor, colectivizada por el fervor popular de la calle.
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