A ciertas edades, uno se resiste como gato panza arriba ante cualquier innovación tecnológica que, al menos en mi caso, suele mostrarse como un invento del mismo Satán. Adoptas el modo Escarlata O’Hara, puño en alto a contraluz, y juras por lo más sagrado que esta vez no caerás. El esta vez da la pista: acabas cayendo. El entorno, que es muy chungo. Y entras, en este caso, en el mundo Whatsapp -en adelante guatxap, por aquello de la economía de caracteres, tiranía de Twitter-. Lo que nos lleva al siguiente capítulo: la imagen que identifica el perfil en lugar de la genérica silueta. Y este asunto tiene su punto. Los hay ortodoxos, careto facial al canto. Algunos le dan un punto de misterio, con rostros que se ocultan al espectador. Luego están los conceptuales, con objetos o imágenes que, de algún modo, definen al propietario. En este grupo, se incluye el subgrupo reivindicativo: lemas o iconos que de vez en cuando te invaden la agenda, porque también es posible manifestarse en guatxap. Están también los paisajistas. Y qué decir, en esta época, de esos pies al aire por esas playas de Dios. Cómo nos gusta dar envidia... También están los familiares: hijos, sobrinos, hijos de los amigos, retrato del propietario cuando era un niño, infantes al poder. Y, por supuesto, el entrañable momento mascota. Mundo guatxap.