Andan los prebostes cercanos y lejanos un tanto excitados por los últimos datos del desempleo. Imagino sus sonrisas complacientes mientras ven las estadísticas, se frotan las manos y preparan el próximo plan, en coordinación con los medios de comunicación más dispuestos a que todo siga igual, para continuar desprestigiando a las fuerzas políticas que pueden hacerles sombra (es lo que llevan haciendo desde que Podemos les metió el miedo en el cuerpo; espero que ese miedo se convierta en terror tras las próximas elecciones). Saben, pero no lo dicen, que su felicidad es felicidad mentirosa, lo cual demuestra su idiocia, porque los demás sí sabemos que hacen trampas. Poco importa, por lo tanto, que se les llene la boca, además de los bolsillos que ya tienen repletos, con esas cifras del paro que parecen dibujar un panorama alentador: sólo les creen sus acólitos. Porque mientras los números bailan hacia arriba y hacia abajo, un mes sí y otro también, todo lo perdido por el camino ha quedado en las cunetas, enterrado en sucesivas reformas que han minado derechos y sueldos que tanto costó ganar y mejorar. No se engañen, próceres, no hay dinero para consumir ni ganas de hacerlo. Que el sistema que se hunde los arrastre hasta enmudecerlos para siempre.