Qué mal rollo me ha entrado con lo del accidente mortal en Terra Mítica. Nunca he sido demasiado aficionado a las atracciones más adrenalínicas de estos parques. Miento: nunca he sido demasiado aficionado a las atracciones, más allá de la adrenalina que uno ponga en juego o que se le desate en pleno viaje. Viví en Donostia toda mi niñez, y les confieso que hasta me daba miedo la montaña rusa de Igeldo cuando tomaba la curva y dejaba a su izquierda una inmensa caída hasta el mar. Cuando regresé a Gasteiz, con los chavales aún pequeños, no nos perdíamos una visita a las barracas durante las fiestas. Mi esperanza era soltarlos por Mendizabala y visitar, faltaría más, el txoko de los vinos de Cariñena. Vana ilusión. Recuerdo que un año tuve que acompañar al pequeño en un endiablado viaje montado en el ratón vacilón. Creí morir. El cacharrro daba una curva cerrada a una altura considerable. Cada curva era un latigazo en mi cuello. Más tarde, un poco ya más crecidos los chavales, los llevé a ese otro parque aventurero que hay en Salou. Se montaron en todo. Varias veces. Probé un viaje en esa montaña rusa medio china. Al bajar, Eric, el pequeño, me mostró la foto que nos hicieron durante el trayecto. Él, lo juro, saludaba a la cámara. A su lado había un tipo muy asustado.