aveces los fenómenos tienen una explicación más sencilla de lo que parece y lo que se presenta envuelto en un halo de misterio puede terminar desvelándose con meras leyes físicas, efectos ópticos o simplemente diciendo las cosas como son, sin evadir preguntas. A no ser, claro, que se quiera jugar al ilusionismo. Posiblemente el niño del edificio de Olaguíbel, los espíritus de la torre de Otxate o los duendes del castillo de Guevara escondan explicaciones desmitificadoras o algún truco fraudulento, pero la niebla del misterio alimenta sus leyendas. Las ruinas de Izarra llevan camino de convertirse en el próximo enclave encantado de Álava. Allí ha tenido lugar una aparición de la deuda albiazul, se han visto espectros vestidos de militares o un fantasmagórico incendio acaba de devorar el viejo colegio. Al ocultar información, jugar con medias verdades o responder con evasivas en todo lo que ha rodeado últimamente a Izarra, los responsables de la Diputación han contribuido a recrear el enigma. Quizás al final fuera simplemente la acción de un loco pirómano, como dijo Javier de Andrés para salir del paso, pero el oscurantismo del que su equipo ha rodeado también esta historia lleva a pensar que por Izarra han visto merodear el fantasma de un gato encerrado.