He declarado en este espacio en varias ocasiones mi devoción por Los intocables de Eliot Ness, a pesar incluso de Kevin Costner. Brian de Palma fue un auténtico visionario, vistiendo a Al Capone-Robert De Niro con el mismo modelo de abrigo que años más tarde calzaría Luis Bárcenas en un magnífico y cinematográfico cierre de la trama. Escucho el aria a pleno pulmón que se ha marcado in extremis el contable del Instituto Nóos, vendiendo a su cuñado por el camino -la saga de El Padrino nos enseñó que los hermanos y los cuñados son muy peligrosos- y recuerdo dos gloriosas escenas de Los intocables. La primera, en la cabaña canadiense, cuando Ness y los suyos atrapan a un colaborador de Capone con un libro de contabilidad y le presionan para que descifre entradas, salidas y nombres y Connery-Malone hace uso de sus expeditivos métodos de persuasión pegando un tiro en la boca a otro mafioso ya muerto. La segunda, la mítica en homenaje a El acorazado Potemkin, el tiroteo para detener al contable jefe de Capone -otra vez el contable- antes de que huya, cuando el matón que lo acompaña amenaza con matarlo mientras Andy García le apunta en escorzo desde el final de la escalera mientras sujeta el carrito. El contable, siempre el contable...
- Multimedia
- Servicios
- Participación