No seré yo quien reste ni un ápice de legitimidad a quienes llegan a los Ejecutivos después de haber peleado (metafóricamente) unas elecciones libres. Sin embargo, haber superado ese proceso democrático no significa estar en posesión de la verdad absoluta. A la Historia me remito. Grandes demonios como Adolf Hitler accedieron al Gobierno de su país tras imponerse en unos comicios. La evolución de todo aquello tuvo funestas consecuencias para la Humanidad. Mucho más cerca en el tiempo, en la presunta cuna de los sistemas de libertades modernos, Donald Trump también ha sido capaz de ocupar hasta en dos ocasiones el Despacho Oval tras haber logrado la confianza (por lo civil o por lo criminal) de las mayorías suficientes en su país para gobernar, con resultados lamentables para la seguridad internacional y para la convivencia interna en EEUU, todo sea dicho de paso. Creo firmemente en los valores democráticos, pero también creo que las estructuras que deben sostener ese cuerpo ético, administrativo y jurídico hace tiempo que dejaron de sostenerse por sí solas, desgastadas por su mal uso. Quizás es el momento de parar un segundo, reflexionar como sociedades y actuar en consecuencia. Siempre será mejor prevenir que tener que lamentar.