Síguenos en redes sociales:

Mesa de Redacción

Oscar San Martín

Urdangarin

Este domingo seguí con suma atención la entrevista de Jordi Évole a Iñaki Urdangarin y pude extraer varias conclusiones. Le honra que dijera que vuelve a apreciar mucho tiempo después la sencillez o que se arrepintiera de los errores que cometió, pero también dejó entrever que lo tuvo muy difícil para no verse atrapado por la tentación del dinero fácil. Iñaki pasó de ser una estrella de balonmano con un buen sueldo pero limitado a entrar de golpe y porrazo en la familia real. Cualquiera en su lugar habría hecho algo parecido. Casi sin quererlo, vivir rodeado de adinerados empresarios y caraduras que hacían negocios a la vuelta de la esquina, y movían millones con una facilidad pasmosa, le empujó a escoger el camino erróneo. Ese alto nivel de vida que se le presuponía a un yerno del rey posiblemente no era compatible ni con su salario en Telefónica ni el dinero facturado del balonmano, que precisamente no es un deporte mediático. Más que un tema de ambición personal, creo que el sistema le empujó a realizar actos poco éticos. Cuando el poder económico de este país se rinde a tus pies, es complicado comportarse y mantener los pies en el suelo. El problema radica en que le dejaron caer y fue él –únicamente él en esa familia– quien pagó los platos rotos de la cárcel.