Vitoria no es una ciudad de amnesia fácil, así como el 3 de Marzo no es una efemérides de manual escolar; es una cicatriz que supura cada vez que el viento golpea las ajadas estructuras y la cubierta de la iglesia de San Francisco de Asís en Zaramaga, cuyo proceso de restauración y dignificación se encuentra ya en vía administrativa.
Lo que ocurrió aquel miércoles de 1976 en la capital alavesa no fue un error de cálculo de un Gobierno español inepto y anclado en el pasado, de un gobernador civil sobrepasado o de los integrantes de unas unidades policiales acostumbradas a ejercer la represión al dictado del régimen como modus operandi.
Fue el choque brutal entre una sociedad que ansiaba vivir en democracia y un Estado que se resistía a morir en la cama junto a su dictador.
Aquel invierno, Vitoria, la ciudad de las sacristías y los cuarteles, una capital que el régimen consideraba de orden, se convirtió en el laboratorio de ruptura desde las cadenas de montaje.
Para entender lo acontecido el 3 de marzo –con una matanza perpetrada por la Policía Armada, con cinco jóvenes asesinados a balazos y cientos de heridos– hay que retroceder al 9 de enero de 1976. Mientras en Madrid se discutían las leyes de la Reforma Política –origen de la actual arquitectura institucional y jurídica del Estado español–, en Gasteiz se discutía el precio del pan.
La inflación devoraba los salarios y el primer Gobierno de la monarquía intentó imponer un tope salarial que fue el acelerador del conflicto. En plena crisis económica, las familias trabajadoras tenían que hacer malabarismos para subsistir.
La chispa saltó en Forjas Alavesas. Lo que empezó como una reivindicación laboral de 5.000 pesetas lineales y 40 horas semanales se convirtió en una huelga de 54 días que rompió todos los esquemas del Sindicato Vertical –heredado de las estructuras franquistas, en las que estaba inmerso–.
Pero el sistema tembló de verdad cuando el fuego se extendió a Mevosa (hoy Mercedes-Benz), Aranzabal, Gabilondo y Caballito.
Para ser precisos con la magnitud de lo que ocurrió en Vitoria, hay que distinguir entre el goteo de enero y el estallido de marzo. Las cifras de huelguistas arrojan una progresión geométrica.
De hecho, lo que empezó como un conflicto focalizado se convirtió en una marea humana. En enero de 1976, los paros empezaron con unos 1.500 obreros de Forjas Alavesas. Al sumarse Mevosa, la cifra saltó por encima de los 5.000.
Ya en febrero, con la entrada de Michelin, Aranzabal y otras auxiliares del metal, el número de trabajadores en paro total o parcial se estabilizó entre los 12.000 y 15.000.
El día de la infamia, la parálisis fue total. La jornada de la matanza, la convocatoria de Huelga General no solo afectó a la industria; se convirtió en un paro total.
Las cifras documentadas por las Comisiones Representativas y aceptadas por la historiografía contemporánea son de entre 18.000 y 20.000 obreros de los polígonos de Gamarra, Betoño y Arriaga en paro.
A ellos se sumaron empleados del sector servicios, de la construcción y de los comercios, que cerraron en solidaridad (especialmente en barrios como Zaramaga, Adurza y Abetxuko, nacidos al calor de la inmigración). Con todos, se calcula que más de 30.000 personas secundaron la protesta de forma activa.
En una ciudad media como lo era la Gasteiz de hace medio siglo, aquel paro supuso que no quedó ni una sola familia en la ciudad que no tuviera a alguien en la calle o en la asamblea.
El escaparate de Michelin
Mención aparte merece la huelga en Michelin. El gigante del neumático no solo era el pulmón económico de la provincia, sino un termómetro social. Sus trabajadores, organizados en las Comisiones Representativas –hoy, equivalente a Comisiones Obreras– elegidas por la base, demostraron una solidaridad de clase desconocida durante décadas.
Con una plantilla que superaba los 3.500 trabajadores en aquel momento, la factoría junto a Zaramaga era uno de los referentes exportables del régimen hacia el exterior.
En Michelin había salarios algo por encima de la media, economatos y relativa paz social. Sin embargo, la inflación del 14% y la llegada de una nueva generación de obreros jóvenes, muchos de ellos vinculados a movimientos cristianos de base (HOAC –Hermandad Obrera de Acción Católica–) y a las nacientes plataformas unitarias, rompieron el status quo.
La huelga en el gigante industrial empezó por el rechazo en asamblea a un convenio que la dirección pretendía firmar con los enlaces del Sindicato Vertical. Los trabajadores nombraron a su propia Comisión Representativa, que fue depurada con despidos.
Aquello no amedrentó a las plantillas. En una Vitoria donde las familias empezaban a pasar penurias, los trabajadores se emplearon en la colecta de fondos. Se logró que talleres auxiliares de toda Álava se sumaran al paro por pura solidaridad.
La palabra en las iglesias
Sin libertad de reunión ni sindicatos libres, la clase obrera alavesa ocupó el único espacio que la Policía no se atrevía a asaltar (al menos hasta aquel marzo): los templos. Las iglesias de Los Ángeles, San Cristóbal y San Francisco se transformaron en auténticos parlamentos populares.
Allí, se practicaba democracia directa. Se votaba a mano alzada, se gestionaban las cajas de resistencia y se tejían redes de solidaridad. Las mujeres de los huelguistas, a menudo orilladas en el relato oficial, fueron la columna vertebral del movimiento.
Organizaron las marchas de las cazuelas, desafiaron los cordones de la Policía Armada y garantizaron que ninguna familia se quedara atrás. Vitoria era, en enero y febrero del 76, una ciudad autogestionada.
Sin dictador, pero con dictadura
El contexto estatal era de una tensión eléctrica. Arias Navarro pretendía cambiar lo justo para que nada cambiase en beneficio de las mismas élites que habían gobernado durante décadas al calor del franquismo, mientras Manuel Fraga, desde el Ministerio de la Gobernación, intentaba imponer su autoridad con mano de hierro, como se había hecho siempre desde 1939.
La sociología de la ciudad había mutado. Para entender el 3 de marzo, hay que mirar a la ciudad de los años 60 y 70. La urbe había pasado de ser una capital administrativa y clerical de 50.000 habitantes a una potencia industrial de casi 180.000.
Miles de familias llegaron de Extremadura, Andalucía, Castilla y León y Galicia para nutrir los polígonos. La inmigración masiva se había fundido con el tejido local, creando una identidad obrera unida por una precariedad compartida.
La Vitoria de 1976 era una amenaza para el modelo de Transición pactada que se cocinaba en los despachos de Madrid; era la prueba de que el cambio venía de la calle, no de las instituciones franquistas.
La huelga: un éxito
Llegados al día que lo cambió todo, la huelga general del 3 de Marzo fue un éxito absoluto: el 100% de la industria y la mayoría del comercio pararon. A las cinco de la tarde, la iglesia de San Francisco de Asís en Zaramaga estaba abarrotada por miles de personas.
Lo que siguió fue la crónica de un crimen radiado. Las grabaciones de la radio policial no dejan lugar a dudas: “Si hay gente, ¡a por ellos!”, “Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia”. No hubo aviso. Se lanzaron botes de gas lacrimógeno al interior del templo para forzar una salida desesperada. Y a la salida, el plomo.
Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Pereda. Cinco nombres grabados a fuego en la memoria de Álava. Cinco asesinatos que nunca fueron juzgados, bajo la responsabilidad política de un Manuel Fraga que, días después, sentenciaría aquello de que “la calle es mía”. Gracias a Dios o a la providencia, la dignidad fue, es y será de quienes nunca cedieron ante la injusticia.
Martín Villa en el conflicto
Junto a Manuel Fraga, en el Ejecutivo español responsable de quienes mataron e hirieron en Vitoria aquel 3 de Marzo estaba Rodolfo Martín Villa, que era el ministro de Relaciones Sindicales y responsable de intentar forjar un nuevo modelo de control laboral que impidiera, precisamente, lo que acabó ocurriendo en Vitoria: evitar que el sindicalismo de clase sustituyera al Sindicato Vertical.
Su papel fue el de liderar una reforma que pretendía dar ciertas libertades cosméticas a los trabajadores pero sin permitir la libertad sindical plena.
Para él, negociar con los líderes elegidos en las asambleas era claudicar, postura que alargó el conflicto hasta el punto de no retorno. Es más, protagonizó imágenes que aún perduran en la memoria colectiva, como su visita junto a Manuel Fraga y Adolfo Suárez a los heridos en los hospitales en días posteriores de la matanza protagonizada por las fuerzas policiales del Gobierno del que era ministro.
En los días posteriores, su papel fue fundamental para construir el relato oficial que culpaba a los “agitadores foráneos” y a los propios obreros de la violencia, tratando de salvar la cara de un Gobierno que se desmoronaba ante la presión internacional.