El tríptico de Narváez
El ecuatoriano derrota a Enric Mas, valiente y generoso, en el vis a vis de la fuga con final en Chiavari y festeja su tercera victoria en el Giro
Val d'Aveto, Valle Fontanabuona, Valle Sturla, Val Graveglia y Val Petronio confluyen, a modo de afluentes, en Chiavari, que en las tardes de buen tiempo se sienta en la Piazzetta dei Pescatori para solazarse ante la puesta de sol que se desprende despreocupada sobre la Rivera.
La contemplación como misión en la vida. Tal vez ese sea el mejor plan posible. El secreto de la existencia. Relajarse y mirar al horizonte dejando al pensamiento volar con las cometas de colores por las corrientes de la imaginación.
En los tiempos convulsos, agresivos, acelerados y desbocados, pararse es un acto revolucionario. Posar la vista sobre el mar de Liguria es un regalo.
Lo abrió con destreza Jhonatan Narváez para celebrar su tercera victoria en el Giro. Está acostumbrado el ecuatoriano, que gritó su hat-trick ante Enric Mas, sin opciones en el cara a cara con Narváez, más rápido y potente.
Tres veces Narváez en el Giro. Cosenza, Fermo y Chiavari llevan su nombre. El mejor rematador de la Corsa rosa. El sudamericano mantiene intacto su idilio con la carrera italiana.
Luce cinco victorias en la orografía transalpina. De romance en romance. Mas le interpeló con un esprint lejano. Era su única posibilidad después de facturas una gran actuación.
Alejado de la prudencia y el cálculo, Mas se lanzó a la aventura con determinación y ambición. Reseteó a punto estuvo de cantar bingo. El problema de Mas fue Nárvaez, el peor cliente posible para su reivindicación.
El ecuatoriano atraviesa un estado de forma sensacional que entronca con su facilidad para exhibirse en escenarios como los que propuso la travesía hacia Chiavari.
Mas le buscó las costuras, pero no pudo deshilachar al ecuatoriano, que rueda con kevlar en el Giro. Acostumbrado a ganar, con la moral blindada, decorada de flores de victorias, Narváez conquistó Chiavari.
Gran etapa de Mas
Mas, derrochador, supo que no podía llegar acompañado con sus compañeros de fuga porque sus opciones serían minúsculas. Su esprint es muy limitado.
Con esa idea, atravesadas las cotas, se puso de pie y danzó sobre los pedales en la ascensión que patrocinaba el kilómetro de la bebida energética. Se enfatizó en la subida, pero eso no le alcanzó. Fue su última bala. No era de plata.
Narváez se grapó al mallorquín. Resistir era vencer en el vis a vis de una ascensión revoltosa. Necesitaba Mas dislocar al ecuatoriano, un depredador voraz en las distancias cortas. Rápido y fuerte. Colmillo afilado y mandíbula poderosa.
Mas, generoso en el esfuerzo, valiente, era la presa del ecuatoriano, que esperaba, paciente, para lanzar su zarpazo en el callejero de Chiavari. Ejecutó el plan a la perfección para coleccionar otra postal victoriosa.
El pelotón del Giro, al galope, se peleaba en un recorrido idóneo para las clásicas, alegre de volver a la bici de siempre, a la convencional en un tablero en el que jugar a las damas. Con dinamismo y despreocupación.
Olvidadas las monturas incómodas de las cronos que tanto hacen padecer salvo a un puñado. El resto se mostraba feliz y de buen humor. El sol, estupendo, hacía carantoñas y calentaba el gen del asalto. Un regreso a la infancia. Carrera de bicis.
Día para la fuga
Un día para los bandoleros, cuatreros y cazadores dispuestos a agitarse entre las subidas del Passo del Termine, Colle di Guaitarola y Colla dei Scioli.
Territorio para las emboscadas y los contrabandistas. El deseo, la pasión y el arrebato descorcharon convocaron el espíritu de los aventureros.
En ese diálogo a voces, se apilaron 16 dorsales, con Enric Mas, reconvertido en explorador, tras su desplome en las montañas, Narváez, Bettiol, Scaroni, Ulissi, Harper, Vlasov, Denz, Stuyven, Van Eetvelt… Una reunión de cazarrecompensas.
Liquidado el Passo del Termine, recreada la costa con las siluetas hipnóticas de Cinque Terre, en Colle di Guaitarola se agitó la coctelera de los desencuentros. Se movieron Mas, Narváez y Harper, atrapados antes de que el alto mostrara su frente.
Ni el tomavistas que se asomaba al mar, reluciente, podía serenar la llamada al zafarrancho en una subida de curvas insinuantes. Era una ruta de descapotable, de asueto, que jugaba con la perspectiva.
Giros que se escondían con timidez, que después se estiraban para volver a desaparecer de la vista. Un laberinto tejido con asfaltos de distintas edades y calidades, vigilado por la foresta.
Al líder Eulálio, que en la víspera peleó con honor y fiereza por el rosa, la fuga no le inquietaba. Tampoco le molestaba a Vingegaard, tumbado al sol. El día era formidable para vestir de rosa entre montañas que estiraban sus manos hasta mojarse los dedos en el mar.
Era un etapa para estetas. Los ciclistas, abducidos por el espíritu de la competición, no estaban para cuestiones filosóficas. Las sombras que proyectaban en el asfalto no eran las del mito de la cueva de Platón. Si bien todos querían liberarse.
La fuga olía a pólvora. A carga y descarga. A duelo constante. Colla dei Scioli fijó otro escenario de desencuentros. Se aliaron Narváez, Stuyven y Vlasov. Tres ciclistas con pedigrí. Abrieron una grieta, escasa.
Mas, que había instigado la escapada primigenia, se quedó pinzado, pero se repuso otros pasajeros. Los 16 eran la mitad. La fuga de la fuga.
Entre los jerarcas, a más de tres minutos, se optó por la tregua. Armisticio. El Ineos de Arensman tomó la responsabilidad de pastorear el pelotón con prudencia.
Vingegaard, que desea honrar al Giro, aceleró una brizna para rascar puntos en la montaña, maillot que defiende.
Por delante, se empastaron Mas, Narváez, Vlasov, Ulissi, Crecioli y Harper con ese juego de trileros propios de las relaciones humanas cuando el premios es solo para uno. Narváez, vencedor de dos etapas, piernas maravillosas las suyas en el Giro, era el más vigilados.
Nadie se fiaba de nadie. Miradas resabiadas que se cruzaban entre esfuerzos rácanos. La tacañería es un bien preciado.
Ley del mínimo esfuerzo y el máximo rendimiento como lema. Mas alzó el vuelo en la última empalizada. Narváez no le dejó volar. Le anilló. Se quedaron a solas.
Harper, Vlasov y Ulissi les rastreaban a una veintena de segundos. Era imposible que llegaran. En el duelo, el destino establecía el tercer triunfo del ecuatoriano. El tríptico de Narváez.