Por las laderas nevadas de Corno alle Scale dejó su estela dorada Alberto Tomba. La Bomba, como se conocía al afamado esquiador italiano, aprendió los secretos del esquí en la montaña que escalaba el Giro. Tomba desentrañó el lenguaje de la nieve, del manto blanco.

El esquiador de Bolonia fue tres veces campeón olímpico y dos veces campeón mundial. Varias pistas recuerdan su nombre. El esquí, deporte de pudientes, de ricos, se practica montaña abajo, donde se abre el champán. Siempre frío. Para subir están los telesillas.

La vida de los poderosos es cuesta abajo y cuando necesitan ascender encuentran la forma de hacerlo sin cansarse. El ciclismo nació para salir del hambre, para huir de la pobreza. Para escapar de la penuria. A las fábricas, los empleados acudían en bici.

Cumplido el trabajo, regresaban pedaleando al hogar. Ese fue el destino del ciclismo, pegado al padecimiento. Por eso, para subir, para alcanzar el cielo y disfrutar de las vistas, los pobres siempre estaban obligados a pedalear, esforzados, contra los elementos.

Dominador Vingegaard

En esa escenografía, en las postales de los Apeninos, Jonas Vingegaard se elevó por encima del resto en una ascensión que gestionó con el rigor de un contable. Sin dispendios. Anotando cada gasto. Lejos de la sobreexponerse, como en el Blockhaus, el danés aguardó el movimiento de Felix Gall, que le desafió. Le miró a la cara. Le aguantó la mirada. Trató de escrutarle el alma.

Vingegaard, enmascarado, hierático, respondió con calma. Sin alharacas. Se cosió a la revuelta del austriaco, que señaló a todos salvo al danés, dominador en las alturas. No se apuró Vingegaard que, paciente, lanzó su directo a Gall cuando a la montaña apenas le faltaba la llevada, una nota al pie. En apenas mil metros, el danés cargó 12 segundos sobre el valiente Gall.

"Queríamos estar un poco a la defensiva, hemos perdido a un hombre en la carrera y gastamos mucha energía en el Blockhaus, era una etapa muy dura. El Decathlon ha estado empujando todo el día, y en la última subida queríamos nosotros apretar, porque creíamos que era mejor para mí. La fuga estaba al alcance y estoy contento de que he llegado a la victoria". describió el danés.

En la cumbre, en la 50ª victoria de su palmarés, Vingegaard celebró su segunda montaña del Giro con el ritual que le acompaña este curso. Tres besos en el manillar a la foto de su familia. Uno para Trine, su mujer, y los otros dos para su hija y su hijo. Corre Vingegaard en familia. Protegido por su fuerza, impulsado por su amor y cariño. Luego, firmó el laurel besando el anillo de casado y empuñando el cielo. 

Desde esa posición observa el danés a sus rivales. Mirada cenital la suya. Está en lo más alto Vingegaard, aunque Eulálio sigue siendo el líder. Se defendió con honor el sufriente portugués, que concedió 40 segundos más la bonificación. Honró la maglia rosa.

Hundimiento de Pellizzari

Jai Hindley entregó 50 segundos. Brilló Markel Beloki. El gasteiztarra continúa dando pasos al frente. Entró junto a Bernal o Ben O'Connor. A 1:12 del vencedor. En Corno alle Scale se desprendió Pellizari, que cayó al sótano. Concedió 1:28. Se quedó en blanco el joven italiano. Enric Mas volvió a la oscuridad. Perdió 5 minutos.

En la general, Eulálio dispone de 2:25 respecto a Vingegaard y de 2:59 respecto a Gall antes de encarar el segundo día de descanso y levantarse más tarde para subirse a la bici de contrarreloj. El cambio de guardia se puede dar la crono de este martes. De momento, Vingegaard holló su segunda cima y evidenció que solo Gall parece preparado para un duelo más o menos próximo en las montañas.

Querciola era el escalón previo a Corno alle Scale. La fuga, con Ciccone, exlíder, Rubio, Milesi, Aerts, Ulissi, disponía de un par de minutos de renta sobre el pelotón, que afilaba el cuchillo. Se alternaron el Bahrain de Eulálio, el Visma de Vingegaard y el Decathlon de Felix Gall, con ganas de pelea.

Ciccone, danzarín, pizpireto y alegre se expuso en el escaparate junto a Einer Rubio. Dos escaladores en busca de de la Cruz del Corno alle Scale, un monumento situado a 1.945 metros en Punta Sofia, una terraza desde la que conmoverse con la belleza y contemplar los mares, el Adriático, el Tirreno y las montañas fastuosas de los Alpes.

En Corno alle Scale, un nudo de riscos y escaleras cincelados por las manos alfareras de la naturaleza, de ahí su nombre, se posa la Línea Gótica: el Monte Belvedere fue uno de los puntos clave durante la Segunda Guerra Mundial atravesado por senderos que conectan posiciones y refugios. 

Ciccone lo intenta

En las montañas no hay donde camuflarse. Quedan a la intemperie las fragilidades del ser humano, vulnerable. Es un escaparate, un teatro que se disputa sin cuarta pared. Transparente. Ciccone se despegó de Rubio apenas unos chasquidos.

A espaldas de ellos maniobró Vingegaard, que susurró a sus caballos de tiro para que liberaran el relinche. Se galopaba entre la foresta, una montaña que en tramos se subía al esprint, con la linterna amarilla. Se apagaba Pellizzari, ahogado, fuera de foco. Descascarillado, pálido. Ciccone movía los hombros, bamboleante. Oscilante.

El desafío de Gall

Felix Gall, los codos abiertos, se enfatizó a modo de un pavo real que abre la cola. De pie sobre los pedales. Vingegaard, sentado, se posó sobre su entusiasmo con el rostro indescifrable de siempre, enigmático. Ambos llegaron a Ciccone, que se diluyó, sombreado por Vingegaard y Gall, la boca abierta, el gesto apretado, mordiendo en busca de oxígeno.

Interpeló el austriaco un par de veces al danés para que le diera relevo. No le hizo caso. Le apartó la mirada. El presente de Vingegaard está en el Giro, pero la mente está el Tour. Entró en modo ahorro. Nada de exhibiciones. Eficacia y eficiencia. El danés dejó que Gall se desgastara antes de aletear y volar. Se posó sobre el nido de la victoria. Vingegaard toma altura.