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Mamitis crónica

Elena Zudaire

Ongi egon

Ya tenemos la dulce Navidad encima. Me declaro fan absoluta de estas fechas, con sus luces y sus sombras, pero reconozco que me noto ya mayor, porque de mi boca empiezan a surgir reflexiones que comienzan por el manido: “Cuando yo era pequeña…”. La abuela cebolleta que vive en mí (sí, tú también la tienes) ve con recelo que los supers saquen casi en septiembre los turrones que tenían todavía del año pasado porque eso, lejos de fomentar el espíritu navideño, provoca que mi culo engrose con tres meses de antelación. Cuando yo era pequeña, los turrones aparecían en los estantes a principios de diciembre, justo cuando comenzaban a colocar las luces en las calles y yo a pensar en la postal y/o cuento de Navidad que tenía que entregar para la exposición del cole. También me encuentro luchando con mi adultez, a la que le toca el papel organizativo de cenas y regalos. Ahora somos nosotras las que decidimos, somos nosotras las que proponemos un menú y hacemos las compras y, aún más, ahora soy yo la que un día a las 9 en punto se encierra en el baño con el móvil en la mano para intentar conseguir cuatro entradas para ver a Pirritx, Porrotx y Marimotots… En fin, que somos nosotras las que lidiamos con ese estrés que tendrían mis aitas (sobre todo tú, ama) para que mis hermanas y yo tuviéramos unas buenas Navidades. Vamos a intentar mejorar las costumbres. Me he comprometido hace tiempo a no agobiarme estos días, a disfrutar como mis hijas y a buscar ratos para todo, también para mí. Que lo consiga, ya es otra cosa. Sobre todo, me he comprometido a aceptar (por fin) que todo no es blanco o negro, que la felicidad impostada duele tanto o más que la amargura permanente y que las cosas, a veces, son como son, incluso y a pesar de que sea Navidad. Desde aquí y de corazón, disfrutad mucho, como niñas, haciendo lo que más os apetezca, con quien os apetezca.