Udan
se acaba el cole, llegan las vacaciones. Tan ansiadas, tan esperadas, tan lejos que parecían estar. Bueno, pues aquí las tenemos. ¿Sólo me pasa a mí o cuando llega este momento se hace patente y necesario un periodo de transición por el que ambas partes, adultas y niñas, deben amoldarse a la nueva situación? De repente ya no hay que madrugar, los días están a nuestra entera disposición, las compañeras ya no están ahí y quiénes estamos somos nosotras, que no digo yo que no molemos mucho pero, a cierta edad, ya empezamos a molar menos. Estar a solas con mis hijas con todo el día por delante me asusta. Me asusta que no se diviertan conmigo, me asusta la posibilidad de gresca constante entre ellas, me asusta no poner límites o poner demasiados, me asusta no saber aprovechar este tiempo tan valioso. Me asusta, en definitiva, volver a ser madre a tiempo completo. Ahora entiendo, conciliación inexistente aparte, la urgencia por optar a una plaza en los udalekus de verano. Una amiga me reconocía sin complejos que ella no se veía capaz de lidiar las 24 horas con sus txikis durante tres meses y alababa las maravillas de que en verano, al menos por unos días, prolongaran un horario similar al escolar. Reconociendo las distintas necesidades que plantea cada edad, en casa nos parecía demasiado que, después de un curso eterno, acudieran todos los días a otra escuela pintada de modo estival. Supongo que tendremos que cambiar el chip y quizá ellas nos sorprendan con el deseo de apuntarse porque van a pasar más tiempo con sus amigas. Es curioso esto de la maternidad. Para cuando ya te has acostumbrado al cuidado y la protección, te das cuenta de que tus criaturas tienen una personalidad más que propia y que lo que hay fuera de casa les atrae, inevitablemente, cada vez más. Más o menos eso que dicen de que el amor es ser consciente y aceptar la libertad de la otra persona. l