sistí atónita el otro día al relato que mis hijas hicieron en el cole de nuestro fin de semana en Cantabria. Después de este año churriano, decidimos escaparnos a un pueblito idílico a los pies del embalse del Ebro. Nos alojamos en la casa de unas granjeras, con piscina cubierta y climatizada, vistas maravillosas, rodeada de rutas fantásticas y asequibles a piernas de cuatro años y medio y vacas y yeguas por doquier. Encima, las dueñas hacían helado y yogur caseros con la leche de sus animales. ¡Planazo! Allá que fuimos más contentas que unas castañuelas y disfrutamos de lo lindo. Ordeñamos a las vacas, acariciamos a las yeguas, nos pusimos moradas de helado, se nos arrugaron los dedos de tanto bañarnos en la piscina, paseamos a orillas del embalse, comimos a la sombra de los árboles que rodean Fontibre, catamos unas rabas que madre del amor hermoso... Y nos hizo un tiempo esplendoroso. En fin, mejor que si lo hubiéramos planeado. Pues agárrate los machos. Cuando llevé a las txikis al cole y me senté un rato con ellas en la alfombra de bienvenida, las laguntzailes les preguntaron qué tal se lo habían pasado. Y entre las dos entrelazaron uno de sus discursos gesticulosos y tartamudeantes para darle más énfasis al asunto. La narración concluyó con la una diciendo que lo que más le había gustado había sido el futbolín que tenían en el garaje de la casa en el que se echó unas cuantas partidas con su aita (o lo intentó) y con la otra asegurando que para ella lo más "guay" había sido los coches infantiles eléctricos sin batería aparcados en ese mismo garaje, con los que nos desriñonamos empujando para darle una vuelta. De aquello saqué dos conclusiones. La primera, constatar que a mis hijas, ahora mismo, les da igual dónde estar si estamos con ellas. Y la segunda, que debo trabajarme más este tema de las expectativas que tanto me escuece.
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