stábamos en el bosque donde solemos quedar algunas familias con nuestras hijas. Es nuestro punto de encuentro para desengrasar la semana cuando hace buen tiempo. Nos gusta el entorno, la sensación de hacer tribu durante unas horas, el regalo de ver a nuestras txikis juntas sin importarles la edad, divirtiéndose, charlando, construyendo. Nos reconciliamos con todo, a veces observando desde nuestra conversación adulta y a veces jugando con ellas a Dorren Kontra, al Escondite, a Un dos tres carabim bom bam.... Una de mis hijas decidió que aquél era un buen día para explorar a su aire. Y lo hizo sola, a sus cuatro años, confiando en que conocía el entorno y creyendo que sabría volver. Mi hija disfruta, valora y necesita sus ratos de soledad. Pero aquel se estaba prolongando demasiado y decidí ir a buscarla. Pensé que estaría cerca, tras los arbustos, en el laberinto, en la casita de ramas. Pero se había esfumado. Había desaparecido entre el paisaje verde y gris. Cuando di la voz de alarma, la tribu se desplegó inmediatamente en grupos para buscarla conmigo. Y nunca podré agradecérselo lo suficiente. Porque el miedo aplastó mi confianza como un monstruo enorme. A cada grito que salía de mi boca venían a la cabeza más y más horrores, palpables, tangibles, quizá irreales. No sé cuánto tiempo estuvimos buscando, seguramente no mucho. Para mí fue eterno. Cuando alguien chilló que había aparecido, me abracé a una de mis compañeras y lloré todo el espantoso pánico de perder a mi niña. Después, ella me contó entre mis brazos que se había perdido, que no tuvo miedo y que decidió esperar a que fuéramos a buscarla mientras "ordenaba" el bosque. No contestó a las llamadas del aita que la encontró porque no era un habitual en nuestros encuentros. Para ella, era un desconocido. Mi hija de cuatro años se perdió. Pero decidió no atender la llamada de un extraño.
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