Declarada Monumento Nacional en 1884, la Catedral del Tudela es un templo tardorrománico, influido por la arquitectura cisterciense, cuya construcción se inicia a finales del siglo XI. Desde la imponente Puerta del Juicio hasta el recogimiento del claustro, cada espacio refleja una historia de convivencia, poder y transformación artística.
A finales del siglo XI, tras la conquista cristiana de la ciudad, se plantea levantar un nuevo templo en el mismo lugar que ocupaba la antigua mezquita mayor. Las obras comienzan bajo el reinado de Sancho VI el Sabio, continúan con Sancho VII el Fuerte y se dan por concluidas en tiempos de Teobaldo I. Como la orientación de ambos edificios no coincidía, la mezquita tuvo que ser derribada casi por completo, reutilizándose únicamente parte de sus cimientos. Se cree que la base de una de sus torres, e incluso parte de la estructura de la actual torre barroca, podría asentarse sobre el antiguo alminar.
Durante siglos, el templo sirvió como colegiata hasta que, ya en el siglo XVIII, Pío VI elevó a Tudela a sede episcopal. Desde ese momento, el edificio pasó a tener rango de catedral. Todo este proceso explica su aspecto actual: no es un conjunto homogéneo, sino el resultado de distintas etapas constructivas. Con más de 3.000 metros cuadrados, se trata además de un edificio de dimensiones muy notables para su época.
La Puerta del Juicio
El acceso al templo se articula a través de varias puertas, cada una correspondiente a un momento distinto, tanto en lo constructivo como en lo artístico. La más imponente es la Puerta del Juicio. Todo su programa escultórico gira en torno al juicio final: escenas de salvación y condena, apóstoles, ángeles… Un conjunto pensado para transmitir un mensaje directo a quien cruzaba el umbral.
El nivel de detalle y la fuerza expresiva la convierten en uno de los ejemplos más destacados del románico navarro. Llaman especialmente la atención los castigos ligados a los pecados de la época: figuras obligadas a ingerir o expulsar sapos y culebras, o un hombre encorvado por el peso de una bolsa de dinero colgada al cuello.
En el lado norte se abre la Puerta de Santa María, mucho más contenida. Su lenguaje es sobrio, cercano al románico tardío, con clara influencia cisterciense. No busca impactar, sino aportar equilibrio al conjunto. Es menos narrativa, pero destaca por la limpieza de sus formas y su elegancia. En el lado sur aparece la Puerta de la Virgen, donde ya se percibe el giro hacia el gótico. La figura de María gana protagonismo y las formas se vuelven más naturales. Se abandona la rigidez románica y se apuesta por una representación más humana y cercana.
El interior
El interior de la catedral se organiza en tres amplias naves que avanzan con un ritmo muy marcado de pilares y bóvedas. Es un espacio que parte de la solidez del románico y va ganando altura y ligereza hasta adentrarse de lleno en el gótico. En el eje visual aparece el gran protagonista: el retablo mayor, de estilo gótico hispano-flamenco, fechado a finales del siglo XV. Su estructura vertical, cargada de escenas religiosas, responde a una idea muy concreta: enseñar a través de imágenes.
A los lados se abren las capillas. En ellas aparecen retablos secundarios, elementos decorativos y también tumbas y sepulcros, algunos góticos, vinculados a personajes relevantes de la ciudad o del ámbito eclesiástico. Cada uno de estos enterramientos añade una historia concreta y refuerza la idea de la catedral como lugar de memoria, no solo de culto. Entre todas las capillas, destacan especialmente tres: la de Santa Ana, la de San Juan Evangelista y la del Espíritu Santo.
El claustro y la torre
Levantado en el siglo XII, el claustro, de estilo románico y planta rectangular, presenta los lados este y oeste más largos, con una arquería de medio punto distribuida en nueve arcos en los lados menores y doce en los mayores.
Desde el lado oriental se accede a una capilla mudéjar que añade otra capa de lectura al conjunto. Su origen se sitúa probablemente en el siglo XIII, aunque la decoración de madera que hoy se conserva corresponde al siglo XV. Su estructura y ornamentación recuerdan claramente a las sinagogas medievales.
El verdadero foco de atención está en los 42 capiteles historiados, que forman un relato continuo: escenas bíblicas, motivos fantásticos, figuras humanas, animales y elementos vegetales que se suceden como fragmentos de una narración. La luz aquí no es un detalle menor. Entra de forma lateral, filtrándose entre los arcos, y dibuja un juego constante de contrastes entre zonas iluminadas y sombras profundas. Hay un detalle curioso que se percibe al recorrerlo: sus proporciones. El claustro no es un cuadrado perfecto. Se fue levantando sobre la marcha, aprovechando muros anteriores de época islámica, y esa ligera asimetría le da un carácter muy particular.
Para cerrar el recorrido, conviene fijarse en la torre, de estilo renacentista. Se levanta entre 1682 y 1697 para sustituir a la anterior, de época tardorrománica-protogótica, que se derrumbó en 1676. La torre actual se organiza en tres niveles: los dos primeros de planta cuadrada y un tercero octogonal, alcanzando unos 50 metros de altura.
Otros lugares imprescindibles en Tudela
Palacio Marqués de Huarte
Este palacio llama la atención por su fachada y por una historia estrechamente vinculada a la nobleza local. En su interior se alza una imponente escalera imperial doble, considerada uno de los mejores ejemplos del barroco en la Ribera de Navarra. Se organiza en cuatro tramos dobles que ascienden con gran elegancia por el edificio. Construida a mediados del siglo XVIII, destaca por sus arcadas, una cúpula central de planta elíptica con bóvedas enlazadas y una rica decoración barroca que envuelve todo el conjunto.
Palacio Decanal
Situado junto a la Catedral, este palacio sobresale por su arquitectura medieval y por albergar una valiosa colección de arte sacro. En su interior se conservan desde esculturas hasta piezas litúrgicas de gran relevancia, que permiten al visitante adentrarse en la historia religiosa de Tudela.
Sotos del Ebro
Los sotos forman una reserva natural protegida a orillas del río Ebro, con una gran riqueza de flora y fauna. Es un lugar perfecto para pasear sin prisa, rodeado de naturaleza, y especialmente atractivo para quienes disfrutan observando aves o haciendo fotografía de paisaje. Con senderos señalizados y zonas de descanso, se convierten en un pequeño refugio verde ideal para desconectar.