Mercedes Milá ha vuelto a la tele con un magnífico programa y una audiencia de mierda. Bueno, siendo fieles a sus palabras: “una puta mierda” de audiencia, que es a lo que equivale en su baremo el 4,6% (505.000 espectadores) conseguido en el estreno de Me meto en un jardín, su nuevo programa para las noches del domingo en La 2, que anotó el mejor resultado del canal, así que la cifra tan mala no será.

Sí es verdad que, animados por el resultado, los mandamases de la tele cometieron la osadía de repetirlo a los dos días a las tantas en La 1 con otro 4,5% pero cayendo hasta los 171.000 espectadores, que es un dato flojete para el canal primogénito de TVE.

El programa viene a ser una entrevista amable en exteriores grabada con varios meses de antelación con la periodista, que se desplaza en caravana (algo muy noventero y muy Isabel Gemio) hasta el lugar donde vive su invitado para visitar juntos sus escenarios de vida y algún espectacular jardín de la zona para responder a esas otras preguntas que requieren un poquito más de reflexión y tranquilidad.

La idea es buena y la ejecución mejor y, además, esa primera entrega se contagió del realismo mágico de su primer invitado, el escritor David Uclés que nos contó cómo preparó su exitoso libro La república de las casas vacías, el porqué del título, los muchos rechazos de editoriales previos a su publicación, su convicción de que sería una efe (famoso o fracasado) o su jodida infancia (que él normalizó hasta sentirla feliz) con chavales del pueblo que le daban de hostias en una entrevista muy emotiva. Será difícil que ningún otro invitado se abra tanto y sea tan generoso con su entrevistada como lo fue Uclés.

Pero además, el programa nos mostró también a una Milá frágil y emotiva a la que no estamos acostumbrados a ver caminar fuera del plató. En un primer momento, intentó ser provocadora, como siempre lo ha sido, confesando al autor lo mucho que le aburrió en un primer momento su libro, pero también cómo al darle una segunda oportunidad le atrapó tantísimo y le pareció esa maravilla de la que todos hablan.

Pero luego, en una entrevista a pecho descubierto, parecía que ella también se desprendiera de su coraza y no le importara que dejáramos de ver por un ratito a la aguerrida periodista con 52 años de currículum televisivo para mostrarnos a la mujer de 75 años que asoma cuando se apagan los focos.

Mercedes Milá habla de lo que le han parecido las audiencias del programa. JOSE OLIVA / EP

Y eso me da que tampoco será fácil de volver a ver. Prueba de ello es que Milá se pasó por el programa Malas lenguas varios días después (allí dijo lo que le había parecido el dato de audiencia) y el chute del directo y el plató volvió a rejuvenecer y embrutecer, dicho en el buen sentido, a la mujer de 75 años para convertirse en la periodista de 52 años de profesión por la que no pasa el tiempo, rebelde y descarada, que se mete en jardines sin necesidad de pisar verde. Mercedes Milá es sinónimo de buena entrevista. Y este programa es un regalo para ella y para el espectador.