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Tribuna abierta

Carmen Torres Ripa

Los que comen cerebros

Un proverbio turco, muy repetido en estos días, dice: “Si un payaso se va a vivir a un palacio, no se convierte en príncipe. El palacio será un circo”.

Estamos en el circo más grande del mundo. La política y los políticos se han transformado en payasos con la cara pintada de blanco y una ceja levantada para parecer más cómicos. Los excesos verbales y físicos –gestos burdos, miradas de odio, bailes sin gracia, manotazos vulgares– contribuyen a que estos cómicos nos avergüencen.

Antonio Machado decía: “Es propio de hombres de cabezas medianas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”. Imagínese a ese hombre americano con la cara roja. Pienso que, además de payasos, padecen la enfermedad de kuru. Se ríen de nosotros con serenidad de idiotas. El peligro es que sus cerebros cambian con facilidad y podemos encontrarnos con que algunos de estos políticos destrocen nuestras vidas. Las guerras, si no existieran, habría que inventarlas, y en eso estamos.

Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu, por poner tres ejemplos, se han apoderado de las mentes pensantes, aunque dudo que queden ya mentes pensantes en política. El mundo depende de locos que nos han comido el cerebro. Les ha atacado el kuru.

Los fore son una tribu de Nueva Guinea que practicaba el canibalismo. Se comían los cerebros de las personas muertas como parte de un ritual que ha perdurado hasta hace relativamente pocos años. Los doctores Carleton Gajdusek y Stanley Prusiner se preguntaban por qué, en aquella tribu, casi todos los indígenas sonreían. Estudiaron esta peculiaridad y descubrieron que aquella eterna sonrisa era producida por una proteína priónica que alteraba el tejido cerebral; quienes la contraían morían entre risas.

La causa inquietó a los investigadores. ¿Por qué? En los ritos funerarios, los indígenas comían los cerebros de los difuntos para adquirir su sabiduría. Esta costumbre se realizaba durante el duelo, como muestra de respeto a la familia del fallecido. Después de diez días, desenterraban el cadáver, ya infectado de gusanos, y lo consumían en un banquete. Las mujeres y los niños retiraban los gusanos; esta práctica hizo que fueran ellos los más afectados porque en el cerebro –la parte más apreciada– estaba el prion, la proteína contagiosa.

Los afectados sufrían temblores, no podían mantenerse sentados, tenían dificultades para tragar, perdían el deseo de hablar a causa de las numerosas úlceras y morían sonriendo. Fue algo parecido al caso de las vacas locas. Posiblemente se contagiaron por piensos contaminados. Era un trastorno neurológico progresivo que afectaba al sistema nervioso central de los bovinos, transformando su cerebro en una estructura semejante a una esponja.

El deseo continuo de matarse unos a otros –por ahora no se comen a los muertos– es un rasgo preocupante de la humanidad. Las guerras, si no existen, hay que inventarlas.

El cerebro piensa, ama, odia, asesina y perdona. Es el órgano principal del sistema nervioso y contiene miles de millones de neuronas. Estos líderes, y algunos más, deciden el rumbo del mundo; tienen cerebros distintos, aunque al final comparten un mismo denominador común: destruirlo.

La guerra, nuestra guerra de cada día, se mueve dentro de esta víscera humana y, por los más diversos recovecos, esos tres cerebros han conseguido una inquietante unidad de pensamiento. Dejan a su paso un reguero de sangre joven que solo parecen llorar los padres de los soldados que no fueron voluntarios para la contienda. Miles de muertos hoy, ayer, anteayer y mañana. Los tres líderes mantienen una sonrisa fija, inquietante y petrificada. Las balas resbalan misteriosamente sobre el cuerpo de Trump.

Mientras tanto, Irán dice que aún no ha comenzado su enfrentamiento con Estados Unidos por el estrecho de Ormuz. La Unión Europea condena los ataques: “Es una violación del derecho internacional”. ¿A quién le importa esa violación? Es el alimento constante de la guerra.

Pocas armas para tanta guerra

Cien muertos en Líbano pese al alto el fuego con Israel. Trump pronostica que liberará Cuba y que borrará a Irán de la faz de la tierra. El problema es que tanta guerra está ocasionando problemas de abastecimiento de armas. Hay pocas armas —eso dicen— para tanta guerra.

¿Va el mundo camino de encontrarse con Dios? Georgina ha elegido para su boda un vestido parecido —es un decir— al de la Virgen de Fátima, acompañado de un rosario valorado en siete millones de euros. Tamara Falcó nos cuenta que Jesús llegó a su vida cuando tenía treinta años. La conversión, asegura, se la debe a su abuela.

Sin embargo, en este caleidoscopio de noticias no todo es piadoso. El señor Koldo grabó a Ábalos manteniendo relaciones sexuales con Jessica y Melisa. Me pregunto si los hoteles y las casas particulares ya no tienen cerraduras. Es una locura de acusaciones, aberraciones y sobornos al más alto nivel.

Al margen de la política, unos pasajeros de un crucero de lujo, que habían preparado sus vacaciones soñando con lo mejor, se han contagiado de un virus mortal y todavía no saben en qué puerto serán recibidos. Han muerto cuatro personas.

En el país todo sigue igual. Un expresidente dijo hace algún tiempo que “somos sentimientos y tenemos sentimientos humanos”, porque “el vecino es quien elige al alcalde y el alcalde quien elige al vecino”; además, “seguimos produciendo máquinas porque nos permiten seguir produciendo máquinas”; “cuanto peor, mejor”; “ETA es una gran nación” y “engañar es engañar”.

Estas perlas cultivadas todos saben que pertenecen a Mariano Rajoy. En su última comparecencia, hace unos días, siguió afinando su lenguaje. Ante la inspectora judicial del caso Kitchen y las acusaciones de que aparecía citado como RAJ, el Barbas o el Asturiano, Rajoy respondió, feliz: “Yo me llamo Mariano Rajoy y luego cada uno me llama como quiera”.

Ante esta sinceridad preclara, los caníbales, los cerebros enfermos, los líderes políticos mundiales, la guerra, el fisgoneo de los actos sexuales ajenos y las vacas locas pasan a convertirse en pequeños traspiés de la humanidad. Una simple línea en un periódico.

Todo sigue igual, con la novedad de que la pareja de Ronaldo aparecerá en su boda vestida como la Virgen María.

¿Quién da más en este gran circo del mundo?