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Senderos democráticos

Vincular “democracia”, sistema político en el que la soberanía reside en el pueblo, con “gobernanza”, forma de gobernar, permite analizar las interrelaciones entre ambas. La democracia necesita una gobernanza que haga operativos sus postulados, mientras que ésta legitima su actuación si se asienta en principios democráticos.

La gobernanza actual apenas ha modificado el “ADN” del modelo totalitario anterior que consideraba que la soberanía reside en el estado. Se sigue pensando que éste debe controlar y asumir todo el poder. La democracia modificó gobernantes y cambió élites dirigentes y no es coherente que la responsabilidad que corresponde a las personas, siga dejándose en exclusivas manos del estado. Existe una clara distorsión entre fundamentos democráticos y gobernanza.

La implantación de la democracia, además de un gran avance en el estado del bienestar, trajo consigo un sutil cambio de conceptos; los ciudadanos pasaron de una situación de “subordinación y dependencia”, a otra en la que se busca su “adhesión y voto”. Un “estado jerarquizado” dio paso a otro de “tutela paternalista” que “trabaja para el pueblo” desde el poder, intuyendo sus necesidades, pero sin contar con sus iniciativas.

El paternalismo democrático tiene la virtud de proteger a la ciudadanía y atender sus necesidades, pero genera culturas nocivas impropias de una democracia: sustituye actitudes promotoras por reivindicaciones, búsqueda de soluciones por exigencias, protagonismo por dependencia y responsabilidad ciudadana por tutela. Los niveles de formación alcanzados y las sólidas instituciones generadas requieren de una mayor presencia y protagonismo. Ha llegado la hora de aceptar la “mayoría de edad” de la sociedad civil o, ¿necesitamos un “amo” de quién depender?

Para avanzar en procedimientos democráticos es preciso tener en cuenta que el poder único del estado se ha dividido en tres poderes autónomos que deciden libremente en sus respectivos ámbitos. La democracia no puede limitarse al espacio político-público, sino que debe intervenir en todos ellos:

—La democracia política, dispone de un sistema consolidado en el que la participación de los ciudadanos se canaliza a través de los partidos, pero la coexistencia con otros poderes y formas democráticas obliga a ajustar su cometido para optimizar al conjunto. La actitud de “tutela paternalista” ejercida en solitario carece de sentido; resulta más coherente hablar de una “tutela subsidiaria” que complemente otros esfuerzos democráticos ofreciéndoles cobertura y aliento.

—La democracia económica, es un espacio de conquista. Es preciso abrir cauces democráticos de participación que impliquen a los trabajadores en el devenir de la empresa, en un sistema controlado por el capital. Se plantea un espacio de cooperación capital-trabajo, condicionado por las exigencias de competitividad y las “leyes del mercado”.

—La democracia comunitaria pone el foco en las personas y en el ejercicio directo de su soberanía, a través de la comunidad. Establece condiciones de convivencia, integra la diversidad de orígenes, empodera a personas e instituciones y ofrece cauces de participación constructiva, ofreciendo: proyectos más que empleos y cauces de participación más que tutelas, movilizando voluntades creativo-innovadoras más que ubicaciones personales.

Son tres senderos por los que transcurrir que señalan rutas de desarrollo democrático; no se trata de exigir democracia sino de trabajar por la consecución de la misma. La democracia, es más un proceso de conquista que una realidad consagrada. Pasar de una democracia política paternalista a otra subsidiaria, abordar la democracia económica y ahondar en la democracia comunitaria, son campos de trabajo y concertación de voluntades.

Es necesario diseñar un sistema de gobernanza que traduzca estas realidades, se adapte a sus exigencias y haga posible esta nueva realidad. La carencia de un verdadero “sistema” haría que los propósitos carezcan de contenido convirtiéndose en auténticos “brindis al sol”, brillantes en su presentación y perfectamente inútiles. Esta necesidad adquiere especial importancia en los convulsos tiempos que vivimos que van a requerir dolorosas modificaciones estructurales y nos enfrentan a difíciles retos estratégicos.