el problema del Baskonia no es que juegue más o menos bien, más o menos mal. Tampoco, si me apuran, que pierda más partidos de los que gana. El verdadero desafecto que el equipo está causando entre sus aficionados es que no se le aprecian posibilidades de mejoría. Cada triunfo es una excepción y cada derrota, un resultado lógico tal y como están las cosas. "Es lo que hay", me decía el otro día un amigo que, como yo mismo y como tantos otros, sigue al equipo desde que jugaba en Mendizorroza. "Con estos jugadores da igual cómo se planteen los partidos. No hay más cera de la que arde y ya podemos dar la temporada por perdida porque no nos vamos a comer una rosca". El desánimo entre los aficionados es notable, ha cundido la idea de que el equipo es pequeño y no se le puede pedir más. Así de simple. Hasta ahora, el balance de partidos ganados y perdidos no era un factor demasiado trascendente para valorar al equipo. Para sus aficionados, el Baskonia era siempre un firme aspirante al título llegara como primero o como sexto a los play off, a la Copa, a la Euroliga. La gente creía en sus jugadores, sabían que darían el do de pecho en el momento de la verdad. Porque casi siempre era así, además. Por eso siempre se daban desplazamientos masivos allá donde se disputaran los trofeos. Pero este año ha cambiado la percepción de la hinchada baskonista. Ha calado la sensación de que la crisis o lo que sea ha doblegado definitivamente a la tradicional ambición de este club. Ganar la Copa sería toda una sorpresa... ¿o no?