El verano suele llegar envuelto en un papel de regalo frívolo y consumista. Todo debe parecer ligero, azul, amable: sombrilla, crema solar, terraza, cuerpos felices y una felicidad de postal que no aguanta ni media hora en una playa abarrotada ni tres minutos leyendo las noticias. Para recordarlo un año más, la revista satírica TMEO publica su número veraniego y vuelve a señalar que debajo de la hamaca también hay fango. Porque, a veces, la mejor forma de refrescarse no consiste en meterse en el agua, sino en meter la cabeza en una revista con mala leche.
El TMEO 186 llega con ese espíritu: 60 páginas a todo color, portada de Furillo y cinco euros de papel impreso contra la modorra general. No viene a perfumar la actualidad, sino a pasarla por la picadora. En sus páginas aparecen políticos con vocación de sainete, gurús de baratillo, patriotas inflamables, veraneantes sudorosos y toda esa humanidad que en agosto no mejora: simplemente enseña más carne. La revista no promete descanso. Promete una digestión de la realidad.
Conviene insistir en algo que se olvida con facilidad: el TMEO tiene su sede en Gasteiz. Desde aquí se coordina una revista que lleva décadas circulando por kioscos, librerías, tiendas de cómic, bares, mochilas y casas donde todavía hay gente que entiende que el humor gráfico no es un adorno, sino una forma de pensamiento con navaja: cortar frases hechas, pinchar globos institucionales y recordar que la sátira no nació para caer bien.
Dentro de exactamente un año, el TMEO cumplirá 40 años. Cuarenta. En un país donde muchas iniciativas culturales duran lo que tarda una subvención en agotarse, que una revista de humor gráfico, independiente, insolente y cabezona siga viva roza el género fantástico. El papel ha cambiado, los hábitos de lectura han cambiado, los kioscos han cambiado, el cómic ha cambiado, la sensibilidad pública ha cambiado y hasta la ofensa ha aprendido a ponerse traje de domingo. Pero el TMEO sigue ahí, como un mueble incómodo en mitad del salón.
La nómina de este número reúne a una cuadrilla poco dada a bajar la voz: Kini-Piñata, Abarrots, Roger, J. Prida, LPO, Adao, Distancia Social, Listo, Mauro, Ata y compañía. Cada firma trae su manera de desordenar la mesa. Unas empujan hacia el absurdo, otras hacia la mala baba política, otras hacia la observación social, otras hacia ese costumbrismo sucio donde el país se reconoce mejor que en cualquier campaña institucional. El resultado no es una postal de verano, sino una colección de manchas.
Hay mucho de resistencia en el TMEO: imprimir, distribuir, llegar a una librería, aparecer en un kiosco, esperar a que alguien la compre, la lea, se ría, se moleste o la deje olvidada. En tiempos de mensajes depilados, marcas sonrientes y opinión espumosa, una revista que todavía llega con mala hostia, tinta y papel funciona casi como un recordatorio sanitario: no todo está perdido mientras alguien siga dispuesto a dibujar el chiringuito antes de que lo vendan como paraíso.