QUIENES acumulan muchos kilómetros de vuelo en la carretera están acostumbrados a encontrarse -entre los que adelantan por la izquierda, los que son adelantados por la derecha o los que se acompasan a la misma velocidad delante o detrás- a muy diferentes vehículos y a sacar conclusiones o imaginar historias sobre ellos. Desde los camiones que circulan -con sus tuneos, a veces con matrículas exóticas y portando un infinito surtido de mercancías- a golpe de tacógrafo y con lejanos destinos, hasta familias de excursionistas con niños pegados a tablets o chavales montañeros con la ardi latxa como bandera, pasando por viajantes -comerciales o ejecutivos- que conducen solos, distintas suertes de repartidores o Fitipaldis gustosos de apabullar con alardes de altas cilindradas que posiblemente no les sirvan en la vida real. Y luego están esos esperpénticos convoys de jeeps y una especie de carros de combate de Araca que últimamente circulan en filas de una docena por la N-I. El conductor agota ahí su imaginación, pues no adivina a encontrar provecho alguno, aparte del agosto que hizo el listo que vendió esos inservibles armatostes al Ministerio de Defensa a doblón. ¿Cuáles serán sus quehaceres o destinos? ¿Pasear de aquí para allá esos cacharros para que no se oxiden? ¿Ir a cavar una trinchera por la Llanada y luego volver a taparla? ¿Poner una bandera heroica en el alto del Gorbea? Al final, la conclusión más lógica es que se trata de la aparición de unos alienígenas venidos de otra dimensión, pero meando fuera de tiesto porque se equivocaron de planeta.
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