no es una imagen del festival rockero de Woodstock, ni la reedición de la comuna de París en el campus de la Sorbona, ni una estampa de la playa de una isla perdida en el mar Egeo. Se trata de Vitoria. De la muy noble, muy rancia y algunos dicen que hasta muy aburrida Vitoria del dios Apolo. Pero vestida de color, de pasión y entregada a las emociones y a los efluvios de Dionisio. La imagen de este 1 de febrero que hoy preside nuestra página 2, aquí a la izquierda, es una representación -y reinterpretación, aunque de una manera algo menos recatada a como hubo de pintarla Giotto di Bondone en el siglo XIV para sortear la censura eclesial- del pasional beso de Ana y Joaquín ante la Puerta Dorada de Jerusalén, un acto al que la tradición cristiana atribuye nada menos que la mismísima concepción de la Virgen María, que por lo que dicen otros exégetas más heterodoxos debía ser una judía de armas tomar. Este mural ubicado en la Pinto 76 de Gasteiz supone una versión pagana y peculiar de este pasaje sagrado, pero simboliza al mismo tiempo esa otra mirada dionisíaca alternativa a la apolínea Vitoria y, por extensión, representa esa otra Gasteiz colorista y apasionada que pinta las paredes del Casco Viejo y proyecta también su reflejo cada día en las páginas de DNA. No es el mítico concierto de Woodstock ni el París del 68, es verdad, pero con estos murales -que evocan al Azkena Rock o al Gaztetxe- hacemos que se le parezca mucho. Y frente a la recatada Vitoria, reivindicamos junto con nuestros lectores que somos pasión.