hay trabajos más importantes que otros. Aunque no estén suficientemente valoradas o no se retribuyan adecuadamente, hay tareas en esta sociedad sin las que sería imposible llamarnos civilizados. Me refiero en este caso a los médicos pero también a los que podríamos llamar sus proveedores. De poco serviría una residencia o un hospital sin celadores eficaces, limpiadores aplicados o enfermeras con vocación. Caer enfermo sería aún más tortuoso, definitivamente insoportable. El médico cura pero, hasta entonces, son otros los que se ocupan de facilitar en lo posible el tránsito del paciente. Y tampoco nada podría hacer un médico si nadie traslada al enfermo hasta su consulta. Es inconcebible que nos planteemos siquiera que empeore el servicio de ambulancias. Sé que ahora andan a la gresca porque, seguramente, se sientan considerados como trabajadores de segunda a los que se les puede malpagar o subcontratarlos a otras empresas sin preocuparse ni poco ni nada de sus condiciones. Y luego los necesitaremos de repente, en situaciones críticas, y nos quejaremos si se retrasan más de la cuenta o resultan incompetentes. Ayer mismo viví el repentino desmayo de un hombre en un bar y los nervios que se desataron entre los clientes y dueños del establecimiento porque durante unos minutos pensaban que hasta allí había llegado el pobre. Cundió la tristeza y la incertidumbre... hasta que llegó la ambulancia. El hombre se repuso y volvieron las sonrisas y las caras de alivio. No quiero imaginarme vivir en un mundo en el que fallen las ambulancias.